La mujer que se atrevió con el siglo XX

MARGARET BOURKE-WHITE, PIONERA FOTOPERIODISTA EN PRIMERA LÍNEA DE GUERRA

Imagen Margaret Bourke-WPor Peio H Riaño. 19.02.22013 El Confidencial.  Como una canción inagotable, la fotografía es capaz de refugiarse en los recuerdos y no abandonarlos nunca. Aunque sean imágenes ajenas y extrañas. Margaret Bourke-White (1904-1971) ha hecho de sus fotos parte de la memoria de la humanidad. En 1937 encuentra en Louisville (Kentucky) una enorme fila de hombres, mujeres y niños afroamericanos guardando turno para recibir su porción de comida. El fondo de la cadena humana es una gran valla publicitaria en la que se puede leer en la parte superior: “El más alto nivel de vida”. Una sonriente familia blanca viaja con su perro en coche. Hay campo, pradera, sol radiante y felicidad. Y el afiche se remata con un nuevo lema: “No hay nada como el estilo americano”. Es el epítome de la Gran Depresión, el fotograma de la angustia que definió el cataclismo económico de los años veinte y treinta.

Habían pasado unos pocos años desde que Margaret tuvo la cruel revelación de los estragos del progreso y las catástrofes naturales sobre la población más desfavorecida, a los que se asomó gracias a la cámara. La revista “Fortune” le encargó fotografiar la terrible sequía que asolaba el Medio Oeste de los Estados Unidos, en 1934. “La sequía fue una poderosa revelación y me mostró que aquí, en mi propio país, había mundos sobre los cuales apenas sabía nada”, escribió sobre aquel encuentro en su autobiografía “Retrato de mí misma” (1963).

Ante la barbarie

Abandona la fotografía publicitaria, que tantos beneficios le había reportado, y “se enfrenta a las contradicciones sociales y al dolor humano”, como cuenta Oliva María Rubio en el libro “Momentos de la historia” (La Fábrica), una recopilación de 154 imágenes que resumen una de las carreras más arriesgadas y atrevidas de la historia del fotoperiodismo. Aparecen imágenes de su paso por la antigua Unión Soviética, Checoslovaquia, Alemania, Reino Unido e Italia, durante los años más difíciles y sangrientos para el viejo continente.

Fue precisamente en Buchenwald donde volvió a imprimir una imagen para el recuerdo colectivo. Decenas de supervivientes en la liberación del campo de concentración nazi miran a sus salvadores al otro lado del alambre de espino. Margaret, como fotógrafa para la revista “Life“, acompañaba al Tercer Ejército del General Patton en su legendaria marcha abriéndose paso por el colapso de Alemania, en la primavera de 1945. Fue una de las primeras personas en documentar para el incrédulo público norteamericano la barbaridad de la naturaleza asesina de los campos.

Ella estaba presente cuando el 11 de abril de aquel año las tropas norteamericanas liberaron Buchenwald, cuando Patton, ante aquel horror, ordena acercar a un millar de ciudadanos de las cercanías de Weimar para que sean testigos de las atrocidades. Margaret retrata el pasmo de quienes decían no saber nada. No fue la única fotógrafa en presenciarlo, Lee Miller también cubrió el acontecimiento, para la revista “Vogue”.

Medio hostil

“Ambas fueron una avanzadilla en el camino hacia la liberación de la mujer que se iniciaría tres décadas después”, apunta Oliva María Rubio al insistir en la aguerrida mujer que nunca dejó la primera línea de la guerra ni de la lucha por su libertad y sus derechos. La herencia llega hasta nuestros días, cuando la fotógrafa documental Cristina García Rodero se convierte en la cuarta numeraria de la Academia de Bellas Artes de San Fernando, gracias a trabajos como “España oculta”.

De esta manera, fue la primera extranjera en fotografiar la Unión Soviética, en 1930; la primera fotógrafa que trabajó para la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, que diseñó para ella el primer uniforme de una corresponsal de guerra; la única fotógrafo extranjera que estaba en Moscú durante el bombardeo alemán, el 19 de julio de 1941; entre los años 1946 y 1948 realiza reportajes sobre los momentos clave del proceso de independencia de India y Pakistán y allí retrata a Mahatma Gandhi; y en la década de los cincuenta en Sudáfrica retratando la vida de los trabajadores en las minas de oro y diamantes de Johannesburgo y Orange Free State; y en Corea en 1952 donde fotografió la guerra y a las guerrillas. En su infinito currículo sólo falta la Guerra Civil española, de la que se encargaron antes que ella otras dos fotógrafas ejemplares: Gerda Taro (1910-1937) y Kati Horna (1912-2000).

Margaret Bourke-White retrató a Churchill y a Stalin, reconoció el dolor en los seres humanos y sólo detuvo su viaje por culpa del parkinson. “Estaba despertando a la necesidad de explorar y aprender, descubrir e interpretar. Me di cuenta de que cualquier fotógrafo que trata de representar a los seres humanos de un modo penetrante debe poner más corazón y mente en su preparación de la que nunca será mostrada en ninguna fotografía”, escribió la fotoperiodista.

Pero a veces la fotografía, arrastrada por la barbarie humana, llega a lugares a los que la humanidad es incapaz de volver a transitar por puro dolor y rechazo. En Corea fue testigo de las mayores atrocidades. Ella que había presenciado apenas cinco años atrás los rostros de los supervivientes al holocausto; que apuntaba que “las cámaras no pueden hacerlo todo”, en una clara reivindicación a las palabras de aquellas personas que protagonizaban en mudo sus visiones para la posteridad; salió indemne de una batalla de tres años en la que murieron millones de civiles y soldados, cerca de 40.000 combatientes norteamericanos, en la que volvió a cubrir para “Life” un amplio despliegue del horror, en el que se incluyó uno de los gestos más inhumanos de todos los que ha guardado la cámara –esa amiga- a cargo de la conciencia del ser humano. La escena es simple, un miembro de la Policía Nacional de Corea del Sur levanta la cabeza cercenada de un guerrillero de Corea del Norte, mientras un compañero la mira con el hacha apoyada en su hombro.

Hay imágenes a las que, también, se les niega el refugio

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