Literatura: Femenino, singular

Pese a la universalidad que se le presupone al mundo de las letras, en pleno siglo XXI las obras escritas por mujeres aún aparecen estigmatizadas por la etiqueta “de género”

“Despertar sin dejar de soñarnos. Y ojalá que a esta misma hora, que bien pudiera ser la del alba, alguien pueda seguir hablando -aquí y allí o en otra parte cualquiera- acerca del nacimiento de la idea de libertad.” ‘Delirio y Destino’. María Zambrano (Vélez-Málaga, 1904 – Madrid, 1991)

La escritora rumana de origen germano Herta Müller fue la última mujer en lograr el Nobel de Literatura, en 2009.

La escritora rumana de origen germano Herta Müller fué la última mujer en lograr el Nobel de Literatura, en 2009.

Por Pedro García. Málaga 03.03.2013/ SUR.es. “Las mujeres han servido durante todo este siglo (XX) como espejos que poseyeran el poder de reflejar la figura del hombre a un tamaño doble del natural”. “No hay barrera, cerradura, ni cerrojo que puedas imponer a la libertad de mi mente”. Con tamaña fuerza y desafío se manifiesta la figura más destacada del denominado Grupo de Bloomsbury, la siempre controvertida y rompedora Virginia Woolf, icono y referente del feminismo y autora de obras universales e imprescindibles como ‘Las olas’, ‘Orlando’ o ‘La señora Dalloway’. Tras un salto en el vacío de siglos, que abarca inclusive las primeras décadas de la edad moderna, la única relación de las féminas con la literatura se ciñó al secundario e ingrato papel de musa, lectora o -si se podían permitir el acceso a la Universidad- profesora de una materia creativa a la que, valga la paradoja, no estaban invitadas a participar, como si de un exclusivo club de fumadores se tratase.

Hoy en día conforman un grupo considerable (que no cohesionado) y respetado a lo largo y ancho del mundo. Aun así, se sigue dando la circunstancia de que en numerosos países su voz permanece silenciada por razones sociales o religiosas. En otros casos, apenas les permiten cultivar lo que se denominaría “novela rosa para mujeres”, como ocurre en parte de Sudamérica, cantera de grandes nombres como Isabel Allende o Gabriela Mistral. En el otro extremo se sitúan su vecino del Norte y Europa. El empuje de determinadas firmas en la última década es de tal magnitud que cualquier novedad literaria con el sello de Joyce Carol OatesAlice Munro o la ya fallecida Carson McCullers,por citar sólo unos ejemplos, constituyen un éxito editorial garantizado de antemano, son portada de los suplementos literarios más reputados…. y parece que por fin empiezan a escribir en mayúsculas su nombre en la historia de la literatura.

Pese a la universalidad que se le presupone a todas las artes y campos de la creación, es quizá el mundo de las letras uno de los que más barreras han impuesto e imponen al denominado “sexo débil”. ¿Se puede dar por superada esta circunstancia en pleno siglo XXI? Revelador es el caso de una autora comercial que ha vendido más de 450 millones de ejemplares de una saga infantil, J. K. Rowling, a quien sus editores obligaron a firmar con iniciales sus primeros libros sobre Harry Potter, ante el temor de que “la audiencia de muchachos se vería reticente a comprar libros escritos por una mujer”. De casos y hechos similares está jalonada la historia de las letras.

En minoría

Hasta la fecha son once las féminas reconocidas con el Nobel de Literatura de los 108 galardonados por la Academia Sueca. La primera en obtenerlo (1909) fue precisamente una escritora de esta nacionalidad, Selma Lagerlöf, “en apreciación del elevado idealismo, imaginación y percepción espiritual que caracterizan sus escritos”. Herta Müller, rumana de origen alemán y autora de obras memorables como ‘La piel del zorro’ o ‘En tierras bajas’, ha sido un siglo después (2009) la última en conseguirlo en consideración a «quien, con la concentración de la poesía y la franqueza de la prosa, describe el paisaje de los desposeídos». Proporcionalmente, tampoco en nuestra lengua el panorama arroja cifras más alentadoras. El premio mayor de las letras en castellano, el Cervantes, lo han recibido tres mujeres en sus 35 ediciones. La primera en lograr el reconocimiento fue la pensadora malagueñaMaría Zambrano, en 1988. Luego lo obtuvo la escritora cubana Dulce María Loynaz en el emblemático año 92 y, por último, Ana María Matute en la edición de 2010.

¿Universal o “de género”?

Hay hombres y también mujeres que, a pesar de la universalidad de las obras de una larga nómina de narradoras, poetas, autoras teatrales y ensayistas aún siguen prefiriendo hablar de “literatura de género” o de las féminas como “género literario”. ¿Quiere ello decir que autoras como Agatha ChristiePatricia Highsmith no deberían figurar junto a Conan Doyle o Dashiell Hammett como maestras dentro del género de novela detectivesca o policiaca? ¿O que Flannery O’Connor o Carson McCullers no deberían estar etiquetadas junto a Faulkner y Cormac McCarthy dentro del gótico sureño? Para tratar de arrojar algo de luz sobre estos paradigmas y sus ineludibles contradicciones, se compilarán en los párrafos posteriores citas, fragmentos de artículos y ensayos e incluso tesis doctorales de las propias autoras y estudiosos del tema.

Los expertos opinan

Para la doctora en Literatura por la Universidad de Sevilla Mercedes Arriaga Flórez, “una de las cuestiones recurrentes en los últimos debates culturales es si existe una “literatura femenina” diferente de la masculina, interrogante al que se une otro doblemente inevitable que se pregunta si existe en la literatura una tradición de escritura femenina, y en el caso que exista, por qué no se refleja en los manuales de literatura”. A su juicio, “a la primera cuestión pocos/as críticos/as desean responder de forma clara, porque tanto una negativa como su contrario son igualmente comprometedoras. Algunos parten de la afirmación de que no existe literatura de hombres o de mujeres, sino sólo buena o mala literatura, aunque se detienen ahí sin entrar en la cuestión de quién, con qué criterios, o en qué circunstancias históricas o políticas, se decide lo que es “bueno” o “malo” en literatura”. Propone al respecto que “si se hicieran estas preguntas, con la respuesta se podría explicar la hegemonía de algunos autores con respecto a otros en algunos periodos históricos, el predominio internacional de una literatura sobre otra, y el olvido por parte del público de autores que en una coyuntura político-social determinada fueron aclamados”. Para Arriaga, la literatura “femenina” no es exclusiva de las escritoras, del mismo modo que la literatura “masculina” ha sido, y es, “practicada por muchas autoras. Ahora bien que la literatura de contenido femenino no goza del mismo prestigio que su antagonista, es algo evidente, consecuencia de una tradición social, política, religiosa y cultural que sobrevalora lo masculino e infravalora lo femenino”.

Causas sociológicas

En el momento de preguntarse si la literatura tiene sexo, la investigadora Eva Löfquist enuncia que “existen ciertos puntos de partida que nos ayudan a pensar en una jerarquía en la cual la mujer está por debajo del hombre masculino. Ya que, la niña desde muy chica está obligada a manejar el lenguaje del padre, entendiendo al padre desde una dimensión simbólica, que nombra todo lo existe en la esfera pública: las leyes, el orden, el comportamiento, los roles, las funciones de cada sexo en la sociedad. Así es, como la niña se ve obligada a socializarse en la horda del lenguaje masculino, el lenguaje del padre, porque no existe otra alternativa. Como seres humanos, todos tenemos que asumir ese lenguaje, que a su vez expresa el lenguaje de la diferencia, en donde existe una separación significativamente peyorativa entre lo masculino y lo femenino”.

“A la ayuda de la comprensión de este lenguaje de la diferencia, tenemos el enigma del sistema binario”, donde “parece que la mente humana está obsesionada por establecer sistemas, jerarquías y oposiciones. Todo el pensamiento occidental está basado en el concepto de la dualidad y las oposiciones binarias, así es como podemos clasificarnos en polos opuestos, donde la jerarquía establece lo bueno/lo malo, la actividad/la pasividad, la cultura/la naturaleza”, según palabras de otra investigadora de Estocolmo, Emma Magnunson.

Hablan las escritoras

“Históricamente, las mujeres han sido marginadas en el campo literario, o relegadas a jugar el papel de musa. Hoy tienen más visibilidad que nunca, si bien todavía hay los que encasillan sus obras en la categoría de literatura femenina, un marbete que algunas mujeres rechazan por considerarlo otra forma de marginación, mientras que otras lo acogen con orgullo”. Según la escritora española Ana María Matute: “A lo mejor la mujer tiene una mirada diferente, pero no acabo de ver muy claro ese asunto, porque también la literatura es una, me da igual que esté escrita por un hombre que por una mujer. Hay libros buenos y libros malos, punto”, (“Siempre he sido una rarita”). Lo cierto es que buenos libros escritos por mujeres no faltan.

Para rechazar la calificación de “literatura femenina”, Isabel Allende ha formulado una regla según la cual “todo adjetivo disminuye la literatura”. Hablar de literatura femenina sería como hablar de literatura afroamericana. Sin embargo, cuando hablamos de “literatura griega”, “literatura latinoamericana”, “literatura posmoderna”, “literatura comprometida” o “literatura judía” no necesariamente estamos disminuyendo la literatura, ya que no podemos probar que exista una Literatura en lugar de Las literaturas.

Una perspectiva feminista

¿Es posible hablar de una “literatura femenina”? Esa pregunta aspira al debate y a la polémica de la crítica literaria feminista sobre la igualdad y la diferencia. Afirmar la existencia de una forma de literatura femenina implica que existe alguna clase de esencia de la feminidad, que se expresa inevitablemente en la escritura de las mujeres. “La afirmación de una literatura femenina significa entonces tomar posición a favor del pensamiento de la diferencia”.

En una entrevista, la narradora y periodista mexicana Hortensia Moreno aclara su posición dentro del feminismo de la igualdad, al responder que para ella no existe una literatura femenina, ya que los géneros comparten la lengua. Al poner la lengua en el centro de la discusión, Moreno explica que ella no ve una diferencia “tajante entre hombres y mujeres“: en la práctica de escribir, las mujeres pueden escribir como hombres y los hombres pueden escribir como mujeres. Moreno argumenta que, por lo tanto, “es posible un travestismo dentro de la escritura, el cual se muestra al cambiar de identidad dentro del texto, es decir, fingir tener otro género, etnia, edad o clase social y mostrarlo a través del texto”.

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