Sarah Kirsch, una visión de la naturaleza desde la poesía

Marcada por el exilio de la antigua RDA, era una de las escritoras más reconocidas de Alemania

Sarah Kirsch, poeta alemana, en 2006. / INGO WAGNER (CORDON)

Sarah Kirsch, poeta alemana, en 2006. / INGO WAGNER (CORDON)

Por José Luis Reina Palazón. 28.05.2013/El País. Cuando el escritor Peter Härtling me presentó a Sarah Kirsch, el cálido y decidido saludo de la poeta me hizo intuir una colaboración intensa e interesante. Años más tarde su hijo le comunicó que su obra traducida estaba en las librerías de Madrid y ella me llamó llena de alegría, diciéndome que le encantaba el prólogo porque apenas hacía alusión a su biografía. Creo que también en esta ocasión de su ausencia le alegraría más que se hablara de su obra que de su persona, aunque sea imposible separarlas.

Ingrid Hella Irmelinde Bernstein nació el 16 de abril de 1935 en Limlingerode (Turingia, Alemania) y ha muerto el 5 de mayo del 2013 en Heide (norte de Alemania). Tomó el nombre de Sarah en protesta contra el Holocausto. Se licenció en Biología, fue esposa del poeta Rainer Kirsch de 1960 a 1968 y ya divorciada vivió en Berlín oriental, donde tuvo un hijo, Moritz, con el dramaturgo Karl Mickel. Trabajó como periodista y traductora y al firmar la protesta contra la expatriación de Wolf Biermann fue expulsada de la Asociación de Escritores de la República Democrática Alemana (RDA). En 1977 se trasladó con su hijo a Berlín occidental. Fue miembro del PEN y de la Academia Libre de las Artes en Hamburgo, firmó con Grass y otros escritores cartas de protesta contra la política americana y rechazó por motivos políticos un nombramiento de la Academia de las Artes de Berlín. Fue profesora invitada en las Universidades de Kassel y Fráncfort. Desde 1983 vivía en Tielenhemme (Schlewisch-Holstein), donde se la nombró profesora honoraria.

A lo largo de medio siglo, escribió más de 15 libros de poesía y otros tantos de prosa, por los que recibió el más destacado premio de Alemania y Austria, incluido el Büchner de la Academia Alemana de la Lengua y Literatura. Ha sido la más popular y querida de las poetas de lengua alemana. Todos sus libros han tenido múltiples ediciones y han sido traducidos a numerosas lenguas, entre ellas, a la nuestra.

Desde su primer poemario, Estancia en el campo (1969), la poesía de Kirsch da vida a la visión de una naturaleza comprometida, un contramundo frente a la gran ciudad y a la política. Sin embargo, al lado de la contemplación, hay una voz crítica que indaga sobre su tiempo, sobre las dos Alemanias y su tortuosa historia.

Su gran originalidad se pone de manifiesto sobre todo en los poemas de amor: “Soy muy tierna lláma- / me camomila / mis dedos son tiernos construyen / iglesias en tu mano mis uñas / escamas de alas de ángel acarician soy / el verano el otoño incluso el invierno en primavera / desearía estar contigo tú / me muestras el país vamos / de lago en lago para eso se necesita / una larga vida feliz / los peces son dos / los pájaros hacen nidos nosotros / estamos en la misma hoja”.

Kirsch quiere limitarse a dar al lector pequeños impulsos para que pueda moverse en los versos: “Y no quiero más sino que alguien diga: así me ha ido a mí alguna vez, eso he pensado yo también, una pequeña solidaridad entre lector y autor”.

En una larga tradición que va de Goethe a Gottfried Benn, Sarah creyó en el sur, en los poemas inspirados en la Provenza, que conoció al recibir el Premio Petrarca y donde retrata la vida plena y real frente al norte alienado y abstracto: “Lavarse el pelo en el campo: Con roja toalla fuera al sol. Calientes sombras de nubes en las piedras hojas de acacias. Miro a través del peine en la luz — Todo familiar”.

Su libro Echar la cometa (1979) refleja dos acontecimientos biográficos importantes, la ruptura del amor y el abandono de la RDA. El poema El resto del hilo es el primero escrito ya en Berlín Oeste: “Echar la cometa. Juego / para grandes llanuras sin árboles ni agua. En el cielo abierto sube / la estrella de papel, imparable / arrancada hacia la luz, más alta, de todos los ojos / y más allá, más allá / A nosotros pertenece el resto del hilo y que te conocimos”.

Pero la verdadera patria electiva de Sarah era la imaginación, un espíritu obstinado que de entrada solo se afirma en la negación. A partir de Tierra (1982), obra en la que refleja un viaje a América, comienzan una serie de poemas donde la queja sobre la violación de la naturaleza imita a veces el tono trágico de Hölderlin. La amenaza del mundo cotidiano, incluso por la guerra, es clara, pero no cunde en ella la desesperación, sino el ánimo. En el precioso libro Vida de gato (1984) hay más de 50 clases de pájaros y otras tantas de plantas. A pesar de las alusiones a lo real todo está siempre unido a lo imaginario en una curiosa mezcla artística. Lo inquietante se muestra en la naturaleza, que a su vez es también algo protector, un ámbito en el que hasta la nieve es cálida y cariñosa. De esa naturaleza toma su seguridad el yo poético.

La hija del rey de los elfos (1992) es quizá el libro más impresionante de la obra de Sarah Kirsch, en el que la naturaleza aparece amenazada y amenazante: “He sembrado ira en finos granos / contra la influencia del planeta de la roña… nadie sabe en qué estación estamos. Y la muerte se iguala a un amor que no puede volver: solo sé que espero algo / o bien a ti o a la muerte”.

En Amor de cisnes (2001), pone en juego el valor existencial de un yo que encuentra en la palabra la mejor posibilidad de enfrentar vida y muerte. La poeta canta aún el único universo salvable de la permanente destrucción: la naturaleza del amor y el amor de la naturaleza.

José Luis Reina Palazón es poeta. Obtuvo el Premio Nacional a la Obra de un Traductor en 2007 y ha traducido la Poesía reunida (EDA Libros, 2006) de Sarah Kirsch.

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