Frida Kahlo: la bomba de tiempo

Tras 60 años de su muerte, Márceles Daconte inicia una revisión de lo que significa para la cultura.

Archivo del Tiempo

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Por Eduardo Márceles Daconte, Nueva York 10.07.2014. El Tiempo.com. Se están celebrando en México y en diferentes países del mundo, con homenajes, exposiciones, libros, documentales de televisión y artículos de prensa, los 107 años del nacimiento de la artista Frida Kahlo, y rememorando los 60 de su fallecimiento.

Entre otras actividades se realiza la exposición ‘Frida’ en el Museo de la Scuderie del Quirinale, en Roma (Italia), que se clausura el 30 de agosto. Hasta la fecha, según la prensa romana, ha recibido más de 300.000 visitantes, cifra que testimonia su vigencia y su popularidad entre el creciente número de sus admiradores.

La pintora es referente en México, como pueden ser sus admirados muralistas o los escritores Octavio Paz y Juan Rulfo. También se le rinde homenaje con la exposición ‘Unbound: Contemporary Art After Frida Kahlo’, hasta el 5 de octubre, en el Museo de Arte Moderno de Chicago (EE. UU.). En México, la pintora es evocada con el libro Frida. Un viaje a través del autorretrato, que se presentó a principios de julio en el Palacio de Bellas Artes del Distrito Federal.
Su vida y su obra se empezaron a conocer en Estados Unidos y en el mundo a raíz del esfuerzo investigativo de la historiadora del arte Hayden Herrera, autora de Frida. Una biografía de Frida Kahlo (Harper & Row, NY, 1984, y Editorial Diana, México, 1985), entre otras biografías que han circulado en época reciente; la película argumental Frida (1984), de Paul Leduc, protagonizada por la actriz mexicana Ofelia Medina; el documental Frida Kahlo. A Ribbon Around a Bomb (Frida Kahlo. Una cinta alrededor de una bomba), de Ken Mandel, basado en el escaso metraje y abundantes fotografías de la época, y Frida (2001), con la actriz mexicana Salma Hayek, basada en la biografía de Herrera. Una bomba de tiempo que explotó a fines del siglo XX.

De igual modo, su pintura ha suscitado un inusitado interés en la prensa y entre coleccionistas del mundo, debido a las adquisiciones de dos de sus obras por la notoria cantante Madonna, y la astronómica suma de 1’650.000 dólares que alcanzó Autorretrato con el pelo suelto en la subasta de Christie’s (Nueva York) en mayo de 1991, una de las cifras más altas pagadas por una pintura latinoamericana hasta aquella fecha, y solo superada por su Autorretrato con chango y loro, por la que el industrial argentino Eduardo Constantini pagó a la casa de subastas Sotheby’s (Nueva York) la suma de 3’192.500 dólares en la primavera de 1995.

Sin embargo, sus aventuras, desventuras y su larga convivencia con el famoso muralista Diego Rivera eran conocidas por todos los mexicanos desde principios de los años treinta.

La imagen que se proyecta de la artista mexicana en los libros y películas que han circulado a lo largo de las últimas décadas es la de una mujer que amó la vida, a pesar de todos los obstáculos que tuvo que superar. Nada más ilustrativo que su última pintura, un sólido bodegón de apetitosas sandías en rebanadas y trozos, que celebran la plenitud vital.
En su biografía, cuenta Herrera que una semana antes de morir, “cuando las horas se oscurecían por la inminente calamidad, Frida Khalo mojó el pincel con pintura rojo sangre y escribió su nombre, fecha y lugar de realización: Coyoacán, México, en la pulpa carmesí de la primera rebanada. Luego, en mayúsculas, escribió sobre el cuadro por última vez: VIVA LA VIDA”. No era para menos. Su breve vida transcurrió siempre de manera intensa, enmarcada por los avatares sociales, artísticos y políticos de aquellos tiempos de efervescencia revolucionaria.

A tal punto ha llegado la popularidad que en su México natal se organizó ‘Pasión por Frida’, una original exposición, en la casa-taller de Diego Rivera, que incluyó tanto los objetos de arte que su vida y obra han inspirado en otros artistas, como una colección bibliográfica y la parafernalia de artículos de consumo masivo que su imagen ha despertado.

La muestra se exhibió en Nueva York y en San Francisco en 1992 y se complementó con Frida Kalho. Las pinturas, el segundo libro de Hayden Herrera, que publicó la Editorial HarperCollins en 1991. Se trata de una biografía visual, en un volumen de 255 páginas, con profusión de fotografías, reproducciones en color y fragmentos de cartas personales.
De igual modo, sería significativo mencionar la publicación, en 1995, de The Diary of Frida Kahlo: An Intimate Self-Portrait. Essay and Commentary, de Sarah M. Lowe, con introducción del escritor Carlos Fuentes (Harry N. Abrams, NY, 295 páginas). Más que de un diario secreto o de revelaciones sorprendentes, se trata de un documento caligráfico con profusión de esbozos para pinturas, dibujos y acuarelas, que ilustran situaciones cotidianas y reflexiones poéticas, así como la rutina de una artista en permanente estado de incertidumbre.

También se editó el libro The Letters of Frida Kahlo (Cartas apasionadas), compiladas por la especialista Marta Zamora (Chronicle Books, San Francisco, 159 páginas), en el que se reproducen alrededor de 50 misivas que la artista escribió a sus amigos, familiares, amantes y médicos, con noticias sobre su pintura y su estado de salud y, en especial, comentarios sobre la vida y obra de Diego Rivera. Ninguno de estos libros agrega nada desconocido en la ya larga bibliografía sobre la artista mexicana hasta la fecha.

Es fácil advertir que su pintura tuvo siempre un carácter autorreferencial. Además de sus famosos autorretratos, su obra también enfoca un conjunto de temas nada comunes en la tradición del arte occidental, como el aborto, la menstruación, el parto, la violencia sexual, el ciclo vida-muerte y actos de rebeldía, así como alegorías y anécdotas vivenciales, en el contexto de un espíritu innovador y el humor negro de profundas raíces nacionalistas.

Su trabajo, según comentaba Lynne Cooke en el New York Times Book Review (17 de noviembre de 1991), “lejos de poseer un contenido exclusivamente personal, es el fruto de una política social y cultural que perfila una identidad colectiva”.

Su figura ha sido adoptada como ícono del movimiento feminista de Estados Unidos, como patrona clandestina de los artistas chicanos (Santa Frida, Our Lady of the Border [Nuestra Señora de la Frontera]) y como fetiche comercial por algunos mercaderes inescrupulosos.

La ‘fridomanía’ se ha reforzado con algunos montajes de teatro y la ópera musical Frida: La historia de Frida Kahlo, con argumento y dirección de la estadounidense Hilary Blecher, que se estrenó en la Brooklyn Academy of Music de Nueva York en octubre de 1992. Luis Valdez, el director chicano de La Bamba, ha mantenido la idea de filmar una película que intente mostrar a la artista como “el centro de aquel increíble medio intelectual y artístico que era Ciudad de México en los años cincuenta”, basada en la biografía ilustrada El pincel de la angustia, de la autora mexicana Marta Zamora.

Desde otro punto de vista, el actor Robert de Niro ha comentado que estaría interesado en hacer una película basada en el libro de Bertram D. Wolfe La vida fabulosa de Diego Rivera, en la cual Frida juega un papel fundamental, y el director canadiense David Cronenberg tiene su propia agenda para una futura cinta sobre la mexicana.

Si bien mientras estuvo viva solo participó en escasas exposiciones, la primera de ellas en la Julien Levy Gallery de Nueva York, en 1938, su pintura ha sido invitada de honor en numerosas muestras de artes visuales que se han organizado en Estados Unidos. Quizás las más significativas han sido ‘Artistas latinoamericanos del siglo XX’, en el Museo de Arte Moderno de Nueva York, en junio de 1992, y la exposición ‘Mujeres artistas latinoamericanas: 1915-1995’, que se originó en el Museo de Arte de Milwaukee en marzo de 1995 y recorrió cuatro importantes ciudades del país. Su rostro mestizo, de espesas cejas encontradas, ilustra las carátulas de revistas de amplia circulación, como Art & Auction (noviembre de 1991), y el número de marzo-abril de 1995 de la revista New York Museums, entre otras.

Nació el 6 de julio de 1907 en Coyoacán, una villa en la periferia de la capital mexicana, pero más tarde cambió la fecha de su nacimiento para hacerla coincidir con el estallido de la Revolución en 1910. Su padre era un judío germano-húngaro, que emigró a México en 1891. En su patria adoptiva se dedicó a la fotografía, y en su tiempo libre pintaba paisajes con acuarela. Este antecedente es muy importante en la vida de la futura artista.

Su madre, Matilde Calderón, era “una morena campesina de Oaxaca”, según recuerda la hija. En algún momento de su juventud, Frida trabajó con su padre en el estudio de fotografía que tenía en el centro comercial de la capital, y también por corto tiempo fue aprendiz en un taller de grabado. Estas experiencias influyeron más tarde en su estilo de pintura, que se caracteriza por cierto formato rígido y frontal, con minucioso trabajo de pincel.

La joven Frida fue una estudiante inteligente, aunque un tanto desaplicada, y siempre manifestó una actitud independiente y algo excéntrica. Prefería los juegos masculinos y a veces vestía con atuendo varonil. Algunas condiscípulas decían que era una “marimacho”, pero tal calificativo nunca le importó. No obstante, un accidente, cuando Frida tenía 18 años, transformó su vida al dejarla semiinválida. Camino de su casa, un tranvía embistió el autobús en que viajaba y, según sus biógrafos, sobrevivió de milagro. Entre otras fracturas, el pasamano de acero penetró por el abdomen y salió por la vagina. “¡Allí perdí la virginidad!”, comentó con humor negro tiempo después.

Las consecuencias del accidente la atormentaron por el resto de sus días. De hecho, un amigo comentó que Frida “se fue muriendo toda la vida”. Además de las secuelas que dejó la poliomielitis que sufrió a los 6 años de edad, tuvo que someterse a 32 operaciones quirúrgicas, estuvo obligada a usar corsés metálicos o yeso y, por su precaria salud, sus embarazos terminaron siempre en aborto. Finalmente, sufrió la amputación de una pierna, amenazada de gangrena antes de morir, a los 47 años de edad, el 13 de julio de 1954.

Antes que amilanarse con el sufrimiento, se infundió de ánimo y gusto por la vida. Siempre mostró una cara alegre en público, vestida con los trajes típicos de las diversas regiones del país. Empezó a pintar cuando tuvo que guardar cama después del accidente, tomando en préstamo los pinceles y colores de su padre, sobre un caballete especial que mandó a fabricar su madre. Si bien Frida era una artista innata, el oficio de pintar fue un largo proceso de aprendizaje personal.
Se fascinó con el pintor Diego Rivera desde que este pintaba un mural en la Escuela Preparatoria, donde ella estudiaba, y tiempo después volvió a encontrarlo a través de su amistad con la fotógrafa estadounidense Tina Modotti. Cuando se casaron, él tenía 41 años y Frida, 22. Era una joven audaz, pero delicada. En cambio, Rivera pesaba 300 libras. Para muchos, parecía el matrimonio de un elefante con una paloma.

Fue una unión tempestuosa, ya que Rivera era un mujeriego impenitente, que sostuvo incluso una aventura amorosa con Cristina, hermana de Frida. Pero coincidían en sus ideales políticos, de inclinación marxista. Ambos militaron en el Partido Comunista de México, hasta que Rivera fue expulsado por aceptar comisiones para murales de un “gobierno burgués”.

Sus ansias de vivir y su frustrante relación marital la llevaron a cierta voluptuosidad sexual, que se manifestó en escapadas amorosas con personajes famosos, como el escultor estadounidense de origen japonés Isamu Noguchi, o el filósofo y político ruso León Trotski. También sostuvo relaciones lesbianas con personas que sus biógrafos no mencionan con nombre propio, aunque Herrera reconoce que su primera experiencia ocurrió cuando, adolescente, una bibliotecaria de la Secretaría de Educación Pública la sedujo. Se especula que tuvo amistades íntimas con las actrices María Félix y Dolores del Río, quizás con Jacqueline Bréton, esposa del poeta surrealista André Bréton, y el grupo de amigas que solían visitar su Casa Azul de Coyoacán.

Pero, por encima de todo, a Frida se la recuerda hoy como la artista que dejó un testimonio vital de su papel de mujer comprometida con las ideas revolucionarias de su tiempo, y una obra donde la vida y el arte se confunden para despertar la admiración de todos.

EDUARDO MÁRCELES DACONTE
Especial para EL TIEMPo

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