‘Yo soy africana y el color de la piel no importa’: Nadine Gordimer

La sudafricana, premio nobel de Literatura 1991, falleció este lunes a los 90 años

Nadine Gordiner/Getty images

Nadine Gordiner/Getty images

Carlos Restrepo* El Tiempo.com/Cultura 17.07.2014. “Yo soy africana y el color de la piel no importa”. Así de rotunda se mostraba la premio nobel de Literatura Nadine Gordimer, una sudafricana de origen europeo que siempre reivindicó su identidad.

Fallecida el pasado lunes 14 de julio a los 90 años, Gordimer fue durante toda su vida una luchadora contra el apartheid, el régimen de segregación racial vigente en su país durante 44 años, además de ser una defensora de la tolerancia y un ejemplo de la literatura comprometida que ella pedía a sus colegas.

Valores que promovió en sus obras y también en rotundas declaraciones que la hicieron ser voz de los más débiles en todos los rincones del mundo. “Nací allí, me crie en el seno de una comunidad blanca segregada y ya en mi adolescencia vi que algo no funcionaba”, recordó en una reunión que tuvo con la prensa en Barcelona, en 2007, en la que también contó que a los 18 años vio que “tenía más en común con los jóvenes negros que con los blancos, solo interesados en las actividades de la comunidad blanca”.

De manera curiosa, uno de los primeros editores en español que apostó por la obra de Gordimer y la dio a conocer no solo en el país sino en América Latina fue Moisés Melo, poco antes de ella ganar el Premio Nobel de Literatura, en 1991.

“Hasta entonces sus libros se traducían muy poco. La literatura sudafricana no estaba de moda y no había un esfuerzo importante en ese momento por publicarla. Ya venía un poco la figura de Coetzee volviéndose descollante y de Gordimer se habían publicado algunas cosas”, anota el editor.

Melo, que se desempeñaba entonces como editor de Editorial Norma, recuerda que acaba de crear la colección literaria ‘La otra orilla’ y, como la posibilidad de firmar un grupo de grandes escritores no resultaba fácil, decidió poner su mirada en “literaturas que no estaban en el ojo de la gente, pero que eran de gran calidad”.

“Lo que para nosotros la hacía muy importante y atractiva, algo que no ocurría en España, Argentina o México –que publicaban en ese momento otros libros– era que la literatura de Gordimer se centraba en problemas éticos que tenían que ver con la violencia y con una guerra muy irregular, que era muy parecida a la que nosotros vivíamos”, anota Melo.

Al analizar la obra de la escritora sudafricana, Melo destaca su admirable capacidad para rescatar las pequeñas tragedias del ser humano inmerso en el conflicto. “Ella nos habla de la manera como cotidianamente se viven todos esos dramas, los problemas éticos que plantea la guerra y cómo se viven las relaciones personales, familiares, de padres e hijos y los enamoramientos en una sociedad tan fraccionada”, agrega.

“Ella tiene una literatura que para mí es hoy muy pertinente para la situación colombiana, porque sus historias, desde que terminó el apartheid, son historias que tienen que ver con ese período posterior al conflicto, que ellos ya recorrieron”, dice Melo, al conectar este trabajo literario con el momento que podría transitar Colombia de lograr un acuerdo de paz.

Al hacer referencia al papel que jugó Gordimer en la defensa de los derechos humanos, Melo anota que “lo que hace rico su legado es que no era un sermón, sino que era una visión muy profunda, vista desde la literatura”.

La autora de obras como La historia de mi hijo (1990) y El conservador (1974), entre otras novelas, nació el 20 de noviembre de 1923 en la localidad minera de Springs, próxima a la capital sudafricana, Johannesburgo. Hija de un joyero judío lituano y de madre inglesa, durante su infancia quiso ser bailarina además de escritora, pero tuvo que abandonar la danza al diagnosticársele una enfermedad cardíaca.

Al respecto, el profesor Jorge Iván Parra, crítico literario de la revista Lecturas de este diario y estudioso de la obra de Gordimer, destaca que curiosamente a ella no le fue muy bien en su formación cuando niña, “como parece ser la constante en los mejores escritores. Me impresionó que escribiera sus primeros relatos ya publicables a los nueve años de edad”, anota.

“La historia de mi hijo me pareció una novela impactante, que al igual que La edad de hierro, de Coetzee, refleja las infamias de la segregación racial en Sudáfrica”, anota Parra.

A pesar de todo, Gordimer se quedó en Sudáfrica y decidió no abandonar su país en momentos de “desesperación”. “Fue lo mejor que hice”, afirmó en diversas ocasiones la escritora, que siguió luchando siempre por la normalización de la situación social en su país.

Un régimen que la escritora comparó con los “brutales métodos de Israel en los territorios palestinos”, con la diferencia de que durante el apartheid la minoría blanca no reivindicó “una sola pulgada de todo el continente africano”, según afirmó en una entrevista con The Jerusalén Post en 2008.

Uno de los elementos que heredó el país de aquella época y que más preocupaban a Gordimer –lo reflejó en su obra Un arma en casa– era la enorme proliferación de armas en Sudáfrica y en otros países, como Estados Unidos. “Un arma en la casa es como tener un gato; todo el mundo tiene un gato, ahora todo el mundo tiene un arma”, afirmó.

Pero más allá de su país, Gordimer fue una gran luchadora por los derechos, en su concepto más global.

Pidió reiteradamente que la alfabetización se convirtiera en un “derecho inalienable”. “La alfabetización es la base de todo aprendizaje” porque el lenguaje “fue y sigue siendo la capacidad milagrosa que el ser humano posee como único ser dentro del milagro de la creación”. Lo que debía llevar a redefinir el concepto de pobreza, “ya que no pasa solo por lo material sino que también debe incluir la pobreza de la mente que genera el analfabetismo”, un problema que calificaba de “crimen contra la humanidad y contra la plenitud de la vida porque impide el placer del arte y de las ideas”.

Y consideraba que, en la lucha por ese mundo mejor y más tolerante, los escritores tenían un papel esencial. “Vivimos en una época de terror que confronta al hombre y que le oscurece proyectando largas sombras que le impiden descubrirse a sí mismo”, y en la que los artistas deben buscar el sentido de la barbarie y el terrorismo, y entender a los actores y víctimas de esos fenómenos.

De ahí la importancia de los escritores “porque tienen que ser capaces de analizar los problemas”. “Nosotros podemos ir más allá del análisis periodístico”. “Como autores, no podemos caer en la indulgencia de creer que podremos sembrar la bandera de la libertad en cualquier territorio sin ir a las raíces y buscar las causas profundas”, señaló en una conferencia magistral en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara en 2006.

Gordimer lamentaba la falta de compromiso social de los intelectuales de fin del siglo XX, sobre todo europeos, y defendía una literatura “que diga lo indecible y exprese lo impronunciable”.

“No podemos excluir o descartar nada dentro de la búsqueda interior del sentido. Nuestro trabajo es hacia dentro, incluso de los actos como el terrorismo. Debemos buscar la misma voz que daría sentido a los que cometen esos actos o a los que fueron víctimas de esos actos”, agregó entonces en Guadalajara.

Un mensaje a favor de una tolerancia que era el leitmotiv de su obra y de su vida y que debía ser la base de cualquier movimiento que quisiera hacer evolucionar el mundo, como había demostrado Nelson Mandela en su país.

“Se necesita una amplitud de corazón, como la que tuvo nuestro presidente Nelson Mandela cuando asumió el cargo y abrazó, uno por uno con sinceridad y de manera deliberada, a todos los líderes políticos que lo habían perseguido y encarcelado”, destacó también la escritora durante su visita a Uruguay en 1999.

Gordimer fue una autora que nunca dejó de decir lo que pensaba y no lo que la gente quería oír, porque como señaló: “La verdad no siempre es bonita, pero el hambre de ella sí”.

Desde su primera novela, The Lying Days (1953), alcanzó una grata acogida de la crítica nacional e internacional. A partir de entonces publicó más de una veintena de obras, entre ellas La huella del viernes (1960), La hija de Burger (1979), Something out There (1984), Un capricho de la naturaleza (1987), Nadie que me acompañe (1994) o The Pickup (2001).

“Creo que Gordimer, al igual que Doris Lessing, es el mejor ejemplo de que la literatura es un oficio y un vicio. Las dos renunciaron a estudiar para no perder el tiempo, y más bien ponerse a escribir, y las dos vivieron 90 años gracias a la literatura”, concluye el crítico Jorge Iván Parra.

Carlos Restrepo*
Cultura y entretenimiento
* Información EFE

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