El misterioso rostro de Ana Bolena

Descripción: A la derecha, óleo anónimo del que se creía la más fiel representación de la reina (The National Gallery London). A la izquierda, el retrato de Nidd Hall, que representaría a la auténtica Ana Bolena.

Descripción: A la derecha, óleo anónimo del que se creía la más fiel representación de la reina (The National Gallery London). A la izquierda, el retrato de Nidd Hall, que representaría a la auténtica Ana Bolena.

Investigación:   Veracidad de las pinturas de Tudor

  • A través de un sistema de reconocimiento facial los científicos han analizado las pinturas
  • El retrato de la Galería Nacional se ha comparado con una medalla de bronce de la época
  • Los expertos no han encontrado similitudes y dudan de que la representada sea ella

 La Aventura de la historia. El Mundo.es. 17.02.2015.Tenía el cutis oscuro y una larga melena negra que siempre llevaba suelta. Sus rasgos, más propios de un país exótico que de la Inglaterra más profunda, trastornaron a Enrique VIII hasta la locura. Para algunos cronistas de la época su encanto provenía de sus ojos “especialmente notables: ‘negros y hermosos“, para otros su magnetismo se encontraba en la “viva personalidad, su elegancia, su agudo ingenio y otras habilidades. Era baja y ostentaba una sugestiva fragilidad”. Misteriosa, hipnótica, impulsiva, apasionada y a veces irracional, así fue Ana Bolena (1501-1536), la segunda esposa del rey de Inglaterra Enrique VIII y madre de Isabel I de Inglaterra.

Se ha escrito e investigado mucho sobre ella, pero lo cierto es que apenas se sabe nada, entre otras cosas, por la destrucción de retratos y documentos después de su ejecución, en 1536, ordenada por el propio monarca.

Comparativas y dudas

Aunque no todo se ha perdido. Aún existen diversos retratos de la reina, uno de ellos, de autor anónimo, se encuentra en la Galería Nacional de Londres. La que hasta ahora se consideraba la más fiel representación de la reina ha quedado cuestionada. Según señalaThe Guardian, varios expertos han dudado de la autenticidad del óleo tras compararlo con una medalla de plomo del Museo Británico de Londres, un objeto original de la época.

Por medio de un software informático los científicos han contrastado los cuadros con la medalla y no pueden asegurar que la representada del óleo sea Ana Bolena. Sin embargo, sí han encontrado similitudes con un retrato femenino del siglo XVI ubicado en el complejo Nidd Hall . “El sistema ha comparado la imagen de la medalla con cuatro pinturas de la época Tudor y no ha podido encontrar una coincidencia con algunos retratos“, señaló Amit Roy-Chowdhury, de la Universidad de California. A pesar de su versión, algunos expertos afirman que la mujer de ese cuadro es Jane Seymour, la tercera esposa del rey Enrique VIII.

Otro de los misterios que ha revelado este método tecnológico tiene que ver con el retrato Cobbe de William Shakespeare. La pintura, datada en 1610, no representaría al dramaturgo, sino al poeta Thomas Overbury.

Crónica de una obsesión

Ana Bolena entró en la corte inglesa en 1522 como dama de la reina Catalina de Aragón. Aunque trabajara codo con codo con ella, el monarca no se fijó en la joven hasta 1525. El año de la obsesión. Enrique VIII, acostumbrado a tener todo lo quería cuando quería no lo tuvo fácil con la joven, que al principio se mostró reacia a cualquier tipo de encuentro.

Esta situación llegó a desesperar al rey, y así se lo hizo saber a la joven en cada una de sus cartas. “Necesito a toda costa una respuesta, ya que llevo un año herido por el dardo de vuestro cariño y sin tener aún la seguridad de si hallaré o dejaré de hallar un lugar en vuestro corazón y afecto. Esta incertidumbre me ha privado últimamente del placer de llamaros dueña mía, ya que no me profesáis más que un cariño común y corriente; pero si estáis dispuesta a cumplir los deberes de una amante fiel, entregándoos en cuerpo y alma a este leal servidor vuestro, si vuestro rigor no me lo prohíbe, yo os prometo que recibiréis no sólo el nombre de dueña mía, sino que apartaré de mi lado a cuantas hasta ahora han compartido con vos mis pensamientos y mi afecto y me dedicaré a serviros a vos sola”.

Una de las cartas que Enrique VIII mandó a Ana Bolena./ BRITISH LIBRARY

Diecisiete fueron las misivas que Enrique le envió a Ana, pero fue una, fechada en 1527, la que provocó que la joven diera el paso definitivo. En ella, Enrique VIII se comprometía con ella de por vida. “Las pruebas de vuestro afecto son tales (…) que me obligan para siempre a honraros, amaros y serviros”.

Ruptura con la Iglesia y boda secreta

Una declaración de intenciones que se hizo más firme cuando ese mismo año el rey solicitó al papado la anulación de su matrimonio con Catalina, pues, según argumentó, la reina era la viuda de su hermano Arturo, que murió cuando era príncipe de Gales. Dicha petición causó dos años de crisis con la Iglesia y rompió todas las relaciones entre Inglaterra y Roma. La religión quedó dividida en dos bandos. Por un lado, la iglesia nacional inglesa y por otro la iglesia católica. Este proceso, conocido como La Reforma anglicana o inglesa aceleró las cosas. El 25 de enero de 1533, Enrique se casó en secreto con Ana en la capilla privada que el rey tenía en el Palacio de Whitehall (Londres). Oficialmente, Ana se coronaría como nueva reina de Inglaterra el día de Pentecostés de ese año. Aquel abril, el sueño de ambos se hizo realidad. Thomas Cranmer, arzobispo de Canterbury, declaró la nulidad de pleno derecho del matrimonio con Catalina de Aragón. La felicidad de la pareja se intensificó en septiembre, cuando la reina dio a luz a su primera hija, Isabel, la futura Isabel I de Inglaterra.

Abortos, amantes y decapitación

A pesar de la alegría de Ana, Enrique VIII no se mostraba igual. Angustiado por no tener ningún heredero y convencido de que su matrimonio estaba maldito, el rey comenzó su venganza personal contra ella. Los abortos que sufrió la reina, tres según algunas fuentes históricas, y las aventuras que Ana tenía con miembros de la corte -el músico Mark Smeaton o el aristócrata Henry Norris– avivaron aún más el fuego del odio, el rencor, las persecuciones y la violencia, cuya explosión final tuvo lugar en mayo de 1536.

Aquel mes fue un infierno para Ana. El 2 de mayo fue detenida en palacio. Los guardias de la Corte la llevaron a la Torre de Londres. Allí, aislada del resto del mundo, sin hablar ni saber de nadie, pasó 17 interminables días con sus 17 interminables noches. Una tortura que acabó el 19 de mayo de 1536, el día en el que varios soldados la llevaron con paso agitado a la Torre Verde. Conocedora del destino que le esperaba, la joven bromeó con aquellos que la arrastraban a la muerte. “Oí que dicen que el verdugo es muy bueno, y tengo un cuello pequeño”, llegó a decir minutos antes de su fin.

Un final propio de una tragedia griega. Vestida con sus mejores galas, una enagua roja bajo un vestido gris oscuro de damasco, miró al pueblo que se había congregado para ver aquel sangriento espectáculo y a ellos dirigió el último y más valiente de sus discursos: “He venido aquí para morir, de acuerdo a la ley, y según la ley se juzga que yo muera, y por lo tanto no diré nada contra ello. He venido aquí no para acusar a ningún hombre, ni a decir nada de eso, de que yo soy acusada y condenada a morir, sino que rezo a Dios para que salve al rey y le dé mucho tiempo para reinar sobre ustedes, para el más generoso príncipe misericordioso que hubo nunca: y para mí él fue siempre bueno, un señor gentil y soberano. Si alguna persona se entremete en mi causa, requiero que ellos juzguen lo mejor. Y así tomo mi partida del mundo y de todos ustedes, y cordialmente les pido que recen por mí. Oh Señor ten misericordia de mí, a Dios encomiendo mi alma“.

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