“8 de marzo del 2417”

Un cuento surreal-fantástico para nuestros nietos y nietas

351957_MN4QM2WLSLASOSH2DE1G5IJUIUI74G_libro-mariposa-mama_H174430_LGisella Evangelisti. La Otra Opinión. Barcelona 10.03.2015. Había terminado la quinta guerra mundial.  El planeta parecía un desierto. Tempestades de arena cubrían los escombros,  y en la noche vientos helados hacían brillar unas estrellas desconcertadas.

Un destino piadoso había ahorrado la vida a un grupito de harapientos seres humanos, que vagaban en la nada alimentándose de escarabajos y escorpiones. Sólo una mujer, entre ellos, no había perdido la memoria. Se llamaba Zoé: en griego, “Vida”. Y un día, buscando algo entre las ruinas, se topó con una polvorienta caja de madera. La abrió con mucho esfuerzo y vio que contenía un viejo manuscrito casi carcomido por las polillas. No pudo descansar hasta lograr descifrarlo. Lo consiguió después de quinientas noches en vela, quedándose cada vez más asombrada. Poco a poco entendió que se trataba de una obra muy importante, que podía dar lugar a una nueva era.

En las primeras páginas se leía que la recopiladora del manuscrito había sido una mujer rica y poderosa, de nombre Zoila, que hacía muchos siglos había recibido estos mensajes, según decía, directamente del Cielo. Se trataba de reglas que el mundo tenía que seguir para vivir bien, y sobre todo, para mantener a raya a la mitad de la humanidad, constituida por unos machos tendencialmente rebeldes y agresivos, cuyo deporte favorito era buscar peleas. Para mantener su dominio en el mundo, los machos, por miles de años, habían convencido a las hembras que eran inferiores e impuras, peligrosas y obscenas, pues los habían llevado al pecado, dandoles manzanas y algo más.

Zoé  no se lo podía creer. ¿Cómo un libro antiguo explicaba así de claro la sumisión a la que por milenios habían sido adiestradas las mujeres,  hasta que la mayoría había terminado aceptándola como un dato del destino, una realidad inmutable, hasta los últimos siglos, cuando las cosas habían comenzado a hervir y las mujeres estaban reivindicando la paridad de condiciones con los hombres, en todos los sectores de la vida?

Sin embargo,  la humanidad no había evolucionado mucho, al parecer, a pesar de tantos descubrimientos científicos, o de que supiera construir rascacielos de 800 pisos, pensaba Zoé. Ya casi nadie practicaba los valores comunes, como la compasión, que muchos libros sagrados pregonaban, y entre los humanos prevalecían orgullo y codicia.  De vez en cuando en desiertos y planicies explotaban tremendas guerras que llamaban “choques de civilizaciones”, para darles mayor importancia, pero para los más avispados no eran más que una variante de las eternas luchas  por el poder y los recursos naturales.

Al terminar la lectura Zoé se sentó en una piedra, secándose la frente, en un revuelo de dudas. Pues la solución que proponía el manuscrito era bastante fuerte. Ojo por ojo, diente por diente, se afirmaba. Después de veinte mil años de dominio del macho, ahora tocaban veinte mil de dominación de la hembra. Los varones, peligrosos e impuros, debían ser domesticados, exactamente como ellos habían hecho con ellas. Por el bien de la humanidad, o por voluntad del Cielo, según se prefiriera justificarlo.

Zoé cerró los ojos y decidió que había que probarlo. Pues, peor que así como ella lo había visto al explotar la quinta guerra mundial, el mundo no podía ser. Después del experimento de veinte mil  años, sugería el manuscrito de Zoila, se podía hacer una evaluación, y ver si continuar o no con el sistema.

Así, generación tras generación, fueron ensayadas las nuevas reglas. Bueno, tan nuevas no eran, al contrario, mirándolo bien, se trataba de una mezcla de viejísimas reglas. Lo nuevo era que se aplicaban al revés. Era oportuno, se decía en el manuscrito, que las mujeres se casaran con adolescentes bellísimos y pobres, dando a cambio a los padres algunas cabras o gallinas, o unas cuantas monedas, según el censo, y se los encerraran en casa a cuidar de los hijos, (paridos todavía por las mujeres, pero entregados a los pocos días de nacidos al cuidado de los hombres). Ellas tenían que trabajar afuera y ellos tenían que cocinar, limpiar la casa, cuidar de los enfermos y los ancianos, e (¡importante!) les era taxativamente prohibido instruirse. A lo máximo, podían llegar a leer un librito de oraciones. Pues deber y tarea del varón en el mundo era ser complementario (ergo, a servicio) de las necesidades de las mujeres, (incluyendo sus caprichos). Ellas tenían el sagrado  derecho de pegarlos, si no obedecían, o se mostraban descontentos. Por eso, hacían circular simpáticos refranes, provenientes de diferentes lugares del mundo, como los que decían: “Cuando regresas  a casa, pega tu marido, él  sabe por qué”. O “más te pego, más te quiero”; o “hombres y bacalao, nunca se los machaca lo suficiente”.

Obviamente, cuando los hombres salían (moderadamente) a la calle, solo para las compras indispensables,  tenían que estar cubiertos de pie a cabeza, mostrando a lo máximo los ojos, y mirando siempre de frente, como los caballos.  Tenían que llevar túnicas o pantalones anchos, mejor si acompañados por un velo que cubriera hábilmente los moretones. Para asustarlos, las sacerdotisas les repetían que las calles eran repletas de mujeres ninfómanas que podían violarlos en cualquier momento, por lo tanto tenían que portarse de manera muy recatada, nada de sacar por allí un tobillo peludo o un brazo musculoso, si no, eran ellos los putos que se la buscaban. En caso de haber sufrido una violación, tenían que terminar colgados de un árbol, como se había visto hacer en la India. Para los adúlteros, en cambio, se sugería la vieja y siempre efectiva lapidación, heredada por los tiempos bíblicos, con la primera piedra lanzada por una inocente hijita.

Siendo los varones más fuertes físicamente, era aconsejable que las mujeres se rodearan de  eunucos como guachimanes,  que a la mínima señal de rebelión daban tremendas palizas a los esposos. Sí, porque mientras el hombre tenía que mirar solo a su ama y dueña, las mujeres podían tener todos los amantes que querían, y en ciertas culturas hasta cuatro esposos. Para sentirse magnánimas, preguntaban al primero si estuviera de acuerdo que llegara el segundo o el tercero. Él, obviamente, casi siempre lo estaba, pues, para que no se fuera por allí a lloriquear,  la justicia era  mantenida en manos férreas por las juezas, y era inútil protestar. Además, ¿dónde podían irse, si un matrimonio fracasado era siempre culpa de ellos, los putos?

El sistema de los cuatro esposos, por lo visto, tenía un gran éxito entre las mujeres poderosas (las otras tenían que ser menos ambiciosas). El primer esposo, si quería mantener su posición en la casa, tenía que esmerarse en atenciones y platillos suculentos; el segundo, más joven y bien fornido, servía más bien para la zona noche, de donde no podía escabullirse por improvisas migrañas; el tercero, un adolescente adorable, llegado al tálamo nupcial rigurosamente virgen, necesitaba un poco de entrenamiento para soltarse, pero casi siempre los resultados eran sobresalientes. El cuarto podía ser  un acróbata, un guitarrista o un poeta, justo para entretenerla cuando la señora descansaba en la hamaca. En  fin… cuando, solo para variar un poco, la poderosa señora necesitaba otras distracciones, había muchos lugares discretos donde una cantidad de jóvenes, esclavizados por las mafias u obligados por la necesidad, podían prestar fantásticos servicios.

Pasaron muchos siglos, bajo el férreo dominio de las señoras poderosas. Las que no contaban con mucho dinero, podían permitirse solo un par de maridos, (¡qué aburrimiento!) pero en realidad no podían quejarse.  Solo ellas disfrutaban de la libertad de estudiar interesantes carreras, dictar leyes (obviamente, para mantener sus privilegios) viajar y conocer, producir y acceder a las mejores invenciones…. Se la debían pasar bomba, ellas,  (pensaban con tristeza los varones, envidiándolas) cuando se metían en los astronaves, dando vueltas por los planetas, o cuando jugaban sus ruidosos partidos de futbol, que a ellos era permitido solo ver por tv,  pues no podían ir a los estadios, (siempre por miedo a las ninfómanas y a las tremendas hooligans que circulaban por allí, que se emborrachaban y después iban a destrozar todo, como habían aprendido a hacer de los antiguos varones, por ejemplo unos holandeses en Roma).

Sin embargo, como la Historia tiene recovecos y vericuetos, entre los varones comenzó a serpentear el diablillo de la rebelión. Poco a poco unos hombres lograron trabajar fuera de casa (al comienzo en condiciones horribles, con salarios más bajos), pero unos cuanto pudieron estudiar, y así, lentamente, comenzaron a agrietarse las bases del poder matriarcal. Tenían argumentos para discutir y reclamar, y la paz (sepulcral) del hogar ya era un recuerdo. Ellas entonces se volcaron a financiar grupos radicales, que interpretaban en formas restrictivas el sagrado manuscrito de Zoila, y pretendían detener la historia.  Surgieron también grupos de opuestas tendencias, pero igualmente fanáticos. En todas partes se abrían focos de guerra, sacando viejos y nuevos motivos de hostilidad, y la humanidad parecía haber perdido el norte. Habían pasado en un soplo los veinte mil años del experimento, y los problemas no se habían resuelto, solo desplazado. La venganza de las mujeres no parecía haber sido una gran solución, si dejaba otra vez la última palabra a la guerra. En la sexta guerra mundial,  fueron usadas las armas de última generación, (la bombas atómicas se habían vuelto unos cachivaches)  basadas en láseres de gran potencia que quemaban todo a su alrededor, traspasando los escudos galácticos. De nuevo hubo una destrucción total, no sólo en la Tierra, sino sufrieron severos daños también Venus y la Luna. Y por unos siglos más los vientos y la arena reinaron sobre el silencio del planeta azul.

Hasta que un día entre los rojizos terrenos calcinados se vieron brotar unas hojas verdes. Increíble… ¿cómo se habían podido mantener las semillas? Eran las de un pequeño bambú, un cedro, un pino y una lupuna. Cuando crecieron, en su sombra se vieron descansar  dos seres  (un varón y una hembra) algo raros, venidos de no se sabe dónde, y parecidos en casi todo a una especie extinguida, la de homo sapiens, que a pesar de su apodo, tanto daños había hecho al planeta. Eran raros, altos y sutiles,  de piel cobriza,  manos largas y ojos grandes.  Comenzaron a escarbar ágilmente el terreno y plantar semillas en silencio, cada uno al lado del otro, con elegancia. De nuevo florecieron los valles. Las lluvias bendijeron las cosechas, y nacieron niños y niñas que saltaban por todas partes, jugando con los monos. Curiosamente, el colore de la piel de los niños no era igual al de los padres, habían muchos colores y matices bellísimos y nadie le hacía caso. Cuando hubo varios grupos, estos no sentían la necesidad de ir a invadir las tierras ocupadas por otros grupos, sino intercambiaban sus productos y sus ideas. Que al parecer eran fantásticas. Pues se había quedado en ellos lo mejor de las neuronas de la extinguida especie del homo sapiens, tanto que en poco tiempo lograron construir unas cometas coloradas con que volaban donde sea: produjeron energías con el agua, el aire, los vientos, y exploraron los planetas cercanos. Lograron comunicarse con el pensamiento y con chips invisibles… Era una fiesta de conocimientos, una alegría total.

Los pájaros que en todo ese tiempo se habían quedado escondidos entre las rocas,  no podían creérselo. Habían pasado años y ¿¡no había habido guerras!! ¡Nadie había pegado o gritado al otro! Todos colaboraban y parecían divertirse mucho. El tema de los sexos, sus diferencias y contrastes, era definitivamente superado. Todos trabajaban según sus talentos, y tanto se divertían que a cada rato descubrían cosas nuevas.

Los pájaros entendieron así que la última guerra de láser había, quizás, modificado genéticamente la especie humana, quitándole, con la amígdala, el exceso de reactividad que había sido necesaria en los primeros tiempos de la humanidad, (cuando los hombres tenían que luchar con los mamuts) pero la agresividad se había desbordado provocando un sinfín de guerras…y, en su lugar, se habían incrementado asombrosamente la hormona de la felicidad y las “neuronas espejo”, las que favorecían la empatía, la comunicación y la solidaridad.

Ahora sí, que podían relajarse, después de tantos sustos, los pobres pájaros. Gaviotas, y colibríes, y guacamayos, aves del paraíso y gallitos de la roca, podían salir de sus refugios y retomar el vuelo. Nadie los hubiera matado con escopetas o ensartado como anticuchos con sus flechas.  Esta nueva especie humana hasta sabía  alimentarse de la energía del sol, y los animales estaban de fiesta. Si seguían así, todos podían vivir en paz, y hubieran evitado una vez por todas la séptima guerra mundial. Por eso miraron al cielo, preguntando a las estrellas, si esto iba a ser posible.

Las estrellas, que habían visto muchas, demasiadas cosas en millones de años, titilaron más fuerte, señalando que habían entendido.

Y finalmente, sonrieron.

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