La escritora Elif Shafak denuncia la “amnesia colectiva” de la sociedad turca

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Terra Chile 17.04.2014. Turkía es una sociedad con amnesia colectiva”. Así define la escritora turca Elif Shafak su país, que califica de contradictorio pero esperanzador.

“Yo amo Estambul profundamente, pero me duele qué poco respeto tenemos al pasado”, señala Shafak, nacida en Estrasburgo (Francia) en 1971 y que hoy reside en Londres y escribe parte de su obra en inglés.

Estambul es “una ciudad sin memoria urbana. En Londres o Berlín se ven letreros que indican qué escritor o artista vivía en cada lugar. Nosotros no tenemos casi letreros históricos. Es amnesia”, se lamenta en una entrevista concedida a Efe.

Shafak acaba de lanzar en español su última novela, “El arquitecto del universo” (Lumen), que se desarrolla en el Estambul del siglo XVI, alrededor de la figura del arquitecto Sinan, el personaje más célebre de la historia cultural otomana, constructor de las mezquitas más admiradas del país.

“Me interesa su faceta de urbanista: planificaba la anchura de cada calle, los pisos de cada casa, porque sabía que Estambul era una ciudad de terremotos e incendios”, cuenta.

Vista la destrucción de barrios milenarios de Estambul a favor de un desarrollo rápido, la escritora no duda de que “si Sinan viviera hoy y viera Estambul, se echaría a llorar”.

En Oriente Próximo, la evolución de artes y ciencias ha sido interrumpida demasiadas veces, de manera que siempre hubo que empezar de nuevo, opina, y no siempre por la guerras.

Por ejemplo, el observatorio del astrónomo Takiyuddin, contemporáneo de Sinan y del danés Tycho Brahe, fue destruido a causa del fanatismo religioso, recuerda.

Más que en Sinan, la novela se centra en sus aprendices, un coro de figuras que responde al deseo de Shafak de realzar el papel de “las minorías, ya sean sexuales, étnicas, culturales…”, amén de recordar que el mayor arquitecto del mundo islámico nació y se educó como cristiano.

La diversidad responde a la propia biografía de la escritora que nació en Francia y vivió cuatro años decisivos de su adolescencia en Madrid, donde su madre trabajaba como diplomática.

“Cuando era niña, consideraba España mi segundo país, y guardo vínculos emocionales”, asegura Shafak, que entiende bien una conversación en español.

Recuerda su sorpresa al llegar de Ankara, donde su abuela la educó en un barrio muy conservador, y donde “todo era gris y marrón”, al Madrid de los años ochenta, “donde las chicas llevaban ropa de colores, barra de labios rosa y caminaban sintiéndose felices con su feminidad”.

Ahora, los barrios céntricos de Estambul no se diferencian visualmente en nada de esa España alegre, pero “no basta”, asegura la escritora: “Necesitamos más energía femenina. En todo Oriente Medio, calles y plazas pertenecen a los hombres, y el espacio privado, la casa, a las mujeres”.

“Turquía es una sociedad patriarcal, sexista y homófoba, y se vuelve cada vez más conservadora”, denuncia.

“Me molesta que tantos políticos hablan de cómo las mujeres deberían vestirse, cuántos hijos deberían tener -tres, mejor cinco- que si es correcto que una mujer turca se ría en voz alta en la calle, que la maternidad es la carrera principal de las mujeres…”

A este auge del conservadurismo es necesario oponer una amplia plataforma de mujeres de toda ideología, “porque el patriarcado afecta tanto a las que llevan velo como a las que llevan minifaldas”, recuerda Shafak.

“Es difícil -admite- porque tenemos una polarización extrema de la sociedad, hasta el punto de que hay amigos que dejan de serlo porque no comparten ideario político”, algo que se debe a la falta de cultura democrática y al auge del autoritarismo religioso, cree.

Pero la escritora también ve buenas noticias: ha perdido terreno el ultranacionalismo turco que aún en 2006 llevó a Shafak a los tribunales porque en su novela “La bastarda de Estambul” se mencionaba el genocidio armenio.

“Me absolvieron, pero fue un juicio agotador: había protestas, manifestantes que escupían sobre fotos mías, artículos que me acusaban de traicionar la nación… y mi abogado tenía que defender a unos personajes de ficción, porque lo que se juzgaba eran los diálogos de la novela, algo surrealista”, recuerda.

Pese a la tensión que este año rodea el centenario del genocidio armenio, ahora es mucho más fácil debatir: ya hay revistas, diarios, filmes que tratan el tema, cuenta Shafak.

“Me gustaría que los armenios fuesen capaces de olvidar un poco su dolor, pero antes de pedir que ellos olviden, yo, como turca, debo recordar”, sentencia.

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