Estados Unidos: comenzó la resistencia a la era Trump

gisela-evangelisti

Gisela Evangelisti

Por Gisela Evangelisti. La Otra Opiniòn. Barcelona 20.01.2017. Jeff es un veterano norteamericano de grandes bigotes y ojos azules apagados que regresó de una inútil guerra con un país lejano de quien apenas conocía el nombre, con la cabeza poblada de pesadillas, y no supo recuperar los fragmentos rotos de sus días. Ahora es uno más del grupo de homeless, los sin techo que se reúnen en la plaza de Harvard, en Cambridge, una pequeña y rica ciudad al lado de Boston, para fumar un pitillo junto con otros compañeros y compañeras que perdieron muchas batallas, pero no todavía la guerra con la vida.

Entre ellos hay hippies empedernidos, una que otra mujer embarazada y desempleada. Jeff observa con una mirada entre cínica y nostálgica los grupos de jóvenes que entran y salen de la universidad más antigua de Estados Unidos, con sus auriculares puestos y el vaso de cartón en la mano con un café agudísimo.

Jeff nunca ha podido pertenecer a este mundo. Quiso alistarse como combatiente para después tener el derecho a estudiar, pero regresó deshecho de la guerra, incapaz de concentrarse.  Los jóvenes que observa caminan rápidos, casi corriendo pues estando endeudados hasta la coronilla para pagar sus estudios en la prestigiosa universidad de Harvard, no pueden bajar la guardia y perder un minuto de su apretadísima agenda. 

Son jóvenes a veces geniales, que, al salir de esta universidad extremadamente exigente y cara, deberán acumular entrevistas sobre entrevistas, para conseguir trabajos que les permitan pagar en veinte años la deuda de 250 mil dólares promedio que han contraído, más los alquileres carísimos de sus futuras casas, las escuelas carísimas de sus futuros hijos, y así contando, una montaña de dinero.  (Obama, que estudió en la cercana Facultad de Derecho, terminó pagándola con su sueldo de senador).

Chicos y chicas saben que deberán hacer muchas mudanzas en su vida, pasando de una ciudad a otra, en busca de mejores oportunidades, unos lográndolo otros menos, según talentos y circunstancias. Sea como fuere, que se sientan león o gacela, cada mañana, saben que deben correr.  Claro, pueden tener un bajón de vez en cuando, pero no problem.

“¿Estás deprimido?  ¿Piensas suicidarte? ¿Tienes problemas alimenticios? ¿Tomas demasiado? ¿No logras dormir?  Run, run. Corre, que hace bien.  Y consulta nuestros expertos terapeutas¨” (siguen direcciones). Anuncios de este tipo se ven por doquier, desde los baños de la universidad, hasta los vagones del metro.  Algunos, con una promesa: “¿Se ofrece 10.000 dólares a la estudiante que quiera donar un óvulo”,  aviso colgado en la Facultad de Lenguas y Literatura románica de Harvard.  Donde también la genética cuenta.

Jeff a veces (por supuesto, no debe estar desaliñado) entra en la bellísima biblioteca pública en Cambridge, donde atiende a los usuarios, también una señora con su velo musulmán.  Hay libros, revistas, cd de música, y películas de todo el mundo.  Dan cursos gratis de informática y compilación de cv. Jeff no pide nada, viene solo para echar una discreta siestecita en un ambiente tan agradable, con esa justa calefacción, con ese respetuoso y dulce silencio. Y ojear unas revistas o algún comic.

Allí, por unas horas, puede creer que está cuerdo. Hasta que regresan las pesadillas. Entonces sabe que debe regresar frente a su bar preferido de la plaza de Harvard, donde a veces le regalan un café. Pero nunca logra amistarse con alguien específico: los jóvenes camareros nunca son los mismos, pues no les renuevan los contratos por más de tres meses, para no tener que pagarles el seguro de salud. Recién cuando se vuelven hábiles en preparar el “frappuccino moka” con su espuma y nata como obras maestras, ya deben dejar el trabajo y buscar otro, donde-sea y como-sea.com, pero siempre precario.

Es el capitalismo, señoras y señores, que con la globalización y las crisis financiera se ha vuelto  bastante más salvaje.  Son treinta años, desde el acceso de los neoconservadores del entorno de Ronald Reagan,  que la desigualdad social no ha hecho más que aumentar, y todos los políticos se han obsesionado con el crecimiento del PBI, sin tomar en cuenta las realidades humanas detrás de los números. También en Massachussets ha habido manifestaciones para pedir el pago de 15 dólares a la hora, más correspondiente al coste de la vida.

Pero a Jeff el silencio de la biblioteca ha dado una idea: escribir un pensamiento personal en un cartel. Y ver lo que pasa. “Soy demasiado noble para robar, y demasiado feo para prostituirme”. Había escrito una vez, y ese día muchos de los peatones les habían sonreído y dejado monedas.

Ahora piensa en alguien que lo ha impresionado, viendo pasar fragmentos de sus discursos por la televisión prendida todo el día en la pizzería de Harvard Square. Es un político de pelo blanco alborotado, conocido como un viejo luchador de toda la vida, desde estudiante a senador del Vermont. Cuando llegó a ser pre-candidato presidencial quería convencer a sus compatriotas que es posible tener universidades casi gratuitas, como en Europa, (why not?), menos armas nucleares (¿no teníamos ya tantas para destruir la tierra decenas de veces?) y más cobertura sanitaria. Decía que   los veteranos de tantas guerras (inútiles e injustas, por lo visto) no sean olvidados cuando regresan sin piernas y con pesadillas, como trapos sucios botados bajo un puente.

Puucha!  su corazón dio un salto cuando oyó decir esto al viejo Bernie Sanders.  Pues él se sentía como un trapo sucio, tantas veces. El discurso de Sanders le parecía el sueño de un mundo mágico, más calientito y amigable. Donde se pagarán impuestos según las rentas. O sea, quien gana más debe contribuir más al bienestar colectivo.  Como se hace en Suecia, o Alemania, y nadie se suicida por eso. Normal nomás.

“Bienestar colectivo? ¿qué es eso? Jeff sabe que suena a disparate, a blasfemia, para muchos de sus compatriotas educados al individualismo extremo del sueño americano que impone volverse prósperos en solitario, “con su propio esfuerzo”, defendiéndose solos con sus armas, de todos los malos que merodean en la oscuridad. Siguiendo en un Far West imaginario, cuando los colonos marchaban hacia California en sus carruajes crujientes, perseguidos por flechas de indios, o balas de plomo de bandidos.

Entre los que hicieron fortuna (¡mira por dónde!) en esa época hubo un inmigrante alemán, el señor Drumpf, que ofrecía restauración y burdeles a los buscadores de oro.  Y hubo un tal William Cody, que en ocho meses en 1867 diezmó a 4200 bisontes para abastecer de carne los trabajadores de los ferrocarriles, pero usando solo jamones y cuartos traseros, el resto a los buitres.

Un despilfarro total, el de Buffalo Bill, como el de tantos otros empresarios modernos que invirtieron, en este bendito país, (como en muchos otros) envenenando tierras y recursos. Por supuesto para construir los ferrocarriles que cruzaron el continente del Este al Oeste se buscó la contribución del Estado, pero a lo vivaracho, gracias a la sobre facturación de trabajos de compañías privadas como la Unión Pacific.

Para ellas, en el mundo económico regía y rige la ley de la selva, donde los animales grandes comen a los pequeños, como observaba Darwin. El Estado tenía, y tiene que estar allá al fondo, listo cuando hay que reparar los desastres provocados por los buitres.

Tuvo que intervenir masivamente, por ejemplo, en los años de depresión que siguieron la Gran Crisis financiera y de sobre producción de 1929, cuando inmensas filas de desempleados hambrientos pedían alimentos y trabajo para sobrevivir.  Fue el momento histórico en que el   presidente demócrata Franklin Delano Roosevelt dio lugar al New Deal, con la adopción de un primer modelo de seguridad social, que incluía salarios mínimos garantidos, subsidios para desempleo y pensiones  ( en Alemania existían desde 1870),  programas de empleo y cierto  control de la economía, dando más poder a los sindicatos, para balancear  la codicia de muchos especuladores y capitalistas.

 Otro momento álgido en la historia mundial, que bien conocemos, ha sido el crack financiero de Wall Street en 2008, con el derrumbe de bancos y empresas, que trasladaron la crisis a medio mundo. En este caso, Obama logró sortear la tempestad apoyando con fondos del estado la importante industria automovilística, haciendo disminuir el desempleo que se había disparado, y tratando de imponer un mínimo de reglas al sistema financiero alocado.

Pero la existencia de un “libre mercado” sin controles no puede impedir que se mude a México, donde el trabajo cuesta poquísimo, parte de la producción de autos. Ni que el avance del automatismo, provoque la desaparición de los trabajos más repetitivos. Ni que se quede una sensación de descalabro en el interior del país, territorio de grandes praderas, bosques o desiertos, donde la gente vive más aislada y menos escolarizada; donde la pérdida de una mina o una industria representa una tragedia y mucha gente se vuelve alcohólica u obesa cuando le faltan esperanza y alternativas.

Desde allá el mundo pujante de las costas (sea el Este que el Oeste) con su mezcla de cultura, finanza y tecnología de vanguardia, y una población multiétnica, es visto con desconfianza, como un mundo demasiado refinado y degenerado, explica el demógrafo William Frey.  En el interior de Estados Unidos prevalece en cambio la cultura conservadora y tradicionalista, con los valores del siglo pasado, como el mito del hombre fuerte y orgulloso que vive de su trabajo y no necesita subsidios del Estado ni seguros, o que las mujeres deben estar en la cocina, los gays esconderse, los “negros” en sus guetos; la Biblia el domingo, y una buena ametralladora en el armario.

En estas praderas bajó en 2016 un avión largo 46 metros, con una gran cama, sala de reunión y grifos de oro, y una gran palabra (TRUMP) pintada afuera. Era el tataranieto del señor Drumpf, que un día había americanizado su apellido, en Trump. Sin duda el tataranieto Donald había absorbido hasta la médula esa falta de escrúpulos de su antepasado en la búsqueda de un enriquecimiento ilimitado, entre una bancarrota y otra.

Antes de las elecciones, Trump tuvo que sanar a toda prisa un juicio pendiente sobre su universidad, considerada fraudulenta, pagando 25 millones de multa, y tuvo que disolver una fundación filantrópica a su nombre que en realidad le servía para gastos personales.  Pero, a los desorientados pobladores de las praderas, (la mayoría hombres blancos de mediana edad), este tipo grandote y gritón, que hablaba por frases cortas y vulgares como ellos (¡que odiaban cordialmente la costumbre de hablar “políticamente correcto” del elegante mulato Obama, ay Dios, un mulato en la Casa Blanca!!), les resultó simpatiquísimo. Por jactarse sin duda como un tremendo winner, un ganador, que amaba hacer las cosas a lo grande: grande corbata, grandes negocios en 20 países del mundo, grandes hoteles de lujo, (las Trump Towers), grandes casas, (solo la de Florida tiene 160 habitaciones), y, ojo!  con un mensaje de prosperidad también para ellos. “Make  America Great Again”.  Hagamos de nuevo grande América. El mismo slogan que había usado Reagan, el carismático ex actor que sabía cómo manejar las emociones del público.

Un eslogan que se ha revelado acertado cuando se dirige a gente deprimida, incierta, e ingenua, inyectándole grandes dosis de esperanza o ilusión, con promesas de  grande riqueza, grandes carros, grandes armas.  Y recetas simplistas: expulsión de los millones de inmigrantes “que nos roban el trabajo”, regreso a Estados Unidos de la producción deslocalizada al extranjero, un gran programa de empleo en la mejora de infraestructuras.  “Y por Dios, basta de hablar de crisis o “equidad” hacia las categorías que se sienten hasta ahora discriminadas, como mujeres, gays, afroamericanos o latinos.  O mencionar que debemos darnos límites y controles, en el uso de los recursos del planeta.

No existe cambio climático, lo inventaron los chinos para jodernos. Queremos usar todo el carbón y el petróleo que nos antoje, y donde nos plazca, queremos tener arsenales de armas de guerra en casa y más armas nucleares en el país, para espantar a todos. Los aliados paguen sus cuentas y se defiendan solos. América great again. Pues somos especiales en el mundo, los mejores. Nadie nos puede jalar por la manga a decirnos qué hacer. Ni la ONU, ni La Convención de Ginebra, ni el Acuerdo de Kyoto, o Jesús Cristo…”  Estos son fragmentos de declaraciones que Jeff escuchaba en la tv de la pizzería.

Ya conocemos lo que pasó hasta ahora. En el partido demócrata alguien se estará golpeando el pecho por haber favorecido a Hillary como candidata, en vez que el sorprendente Bernie Sanders, que estaba logrando congregar muchos seguidores, aunque nadie puede afirmar con certeza que hubiera ganado. Hillary obtuvo bien 2.800.000 votos más que Trump, a pesar de no entusiasmar las multitudes, por su cercanía al sistema financiero y su sonrisa algo estirada.

Sin embargo, por la anticuada ley electoral estadounidense, que da más importancia al voto indirecto de 538 delegados de los estados, que, al voto popular, resultó elegido Donald Trump. Así, la temida pesadilla de la vigilia  se está volviendo real, con la selección  de un gabinete de horror, donde se reúnen personajes enriquecidos  con la especulación financiera  (como Steven Mnuchin, intencionado a eliminar los ya mínimos limites puestos a la especulación por la administración Obama) y el petróleo, otros negadores del cambio climático, y profesionales que quieren machacar a muerte la ya enfermiza escuela pública o el sistema sanitario con que Obama dio cobertura a 30 millones de personas. Personajes nefastos bajo la guía de un presidente narcisista, (que se auto alaba por “llevar la luz en este mundo oscuro”), megalómano e imprevisible, que puede cambiar opinión en cuestión de horas o actuar por impulsos, como un niño: esto el panorama de la naciente Era Trump.

“My God. No puede ser. “¿Qué puedo hacer yo, un insignificante mosquito en el inmenso cosmos?” Se pregunta Jeff saliendo de la Biblioteca.  Por lo pronto, buscar en las calles aledañas un cartón grande, donde escribir su mensaje al mundo.

Fuera de las iglesias en la Massachussets Avenue ha visto unos carteles: “La vida de los gays es sagrada”. “La vida de los blacks, los afroamericanos, es importante”. Ah, respira con alivio. Entonces ya comenzó la resistencia de la gente, piensa, la que los profesores llaman “la sociedad civil”.

No fue solo una reacción momentánea esa noche de las elecciones, cuando la gente bajó a la calle de muchas ciudades del país, dolida e indignada, para manifestar su desagrado contra la elección de un candidato vencido por el voto popular.  Pero es ahora que comienza el baile.  Ahora que iglesias, organizaciones como “Black live matters”, indios, universidades, alcaldes, ambientalistas etcétera, están craneando para tratar de contrarrestar el previsto asalto a los derechos sociales, ambientales y civiles que se dará en la era Trump. Ah, aquí está un buen cartón. Jeff escribe su mensaje con grandes letras y cuelga el cartón al lado del bar de siempre, esperando la reacción de los peatones.

La tarde es fría, sacudida por momentos por un viento improviso que viene del Ártico. Pasa un grupo de chicos y chicas enfundadas en gorros y chalinas, de los que van siempre tan rápidos que no se los puede alcanzar. De esos jóvenes geniales, que nunca tienen tiempo para intercambiar unas frases con él. Pero esta vez una chica se para unos instantes a leer el cartel, ríe y dice algo a sus amigos, que han seguido el camino. Y de repente ahora los cuatro se voltean, vienen hacia él, les dan la mano. “Nosotros somos Karl, Sophie, Sarah, Brent. ¿Y tú?” “Yo soy Jeff, pacifista hasta los tuétanos, después de haber vivido la guerra”.

“Mucho gusto, mucho gusto.  En el cartón has escrito: “No se enojen conmigo, gente. Yo no voté Trump, quería Bernie. ¿Hacemos algo juntos?”.  Ok, hagamos algo juntos, nos gusta tu pinta de pirata en desarme. Te conocemos desde meses. ¿Comenzamos con comer una pizza?   Y mientras tanto hablamos de cómo vamos a arreglar el mundo”.

“Pero dejé mi billetera en la caja fuerte de mi hotel cinco estrellas”, se disculpa riendo Jeff.

“¡No importa, vamos!” Frente a unos apetitosos platos de pizza con salami y champiñones las ideas se aclaran, y fluyen más sueltas.

“Primero, nada de quejas o victimismo”, avisa Karl, el físico de partículas. “Más de la mitad del electorado no hemos votado a este vendedor de humo, y reaccionaremos. ¿Han oído la declaración oficial de California?

“Ya, el gobernador Jerry Brown ha avisado que California se opondrá sistemáticamente a todo lo que dictará Trump, como Texas hizo con Obama. Sea en tema de migración (por ejemplo, Los Ángeles ha destinado 10 millones de dólares para defender los inmigrantes sin papeles de la deportación), que, en la política ambiental, donde se coloca en la vanguardia desde los ’60.  No olvidemos que California, es la sexta potencia económica mundial, adelantando Francia, y podría querer independizarse de Estados Unidos…

“¡Oh no!”, exclama Sarah, aspirante directora de cine. “Salud por Jerry Brown y California. Los necesitamos con nosotros”.  El grupo levanta el vaso de cerveza.

“También varias universidades han avisado que no colaborarán con el nuevo gobierno”, agrega Sophie, estudiante de robótica, “y defenderán la presencia de los estudiantes inmigrantes”.

“Y ¿el prudentísimo Obama? Por fin está sacando las uñas, y termina su mandato con un fuego de artificio de medidas, como declarar santuario intocable por los petroleros unos tramos del Ártico y del Atlántico (y será lento y difícil deshacer esta medida)”, opina Brent.  “Además está liberando varios presos que se pudrían en Guantánamo, ¡en buena hora!

“Y ¿¡las Vegas, ¿¡las Vegas!? La ciudad que creemos más frívola y loca de nuestro loco país…ahora funciona al cien por cien con energías renovables, eólica, geotérmica, solar. Y San Francisco, recicla basura al 80%, y usa el compost orgánico para abonar los viñedos”.

“Y ¿qué decir de ese viejo zorro de Bill Gates?, sugiere Karl.  “¿Trump apuesta todo sobre petróleo? Y Bill Gates invierte con otros socios un gran capital para ampliar las energías renovables. En fin, las ciudades, las empresas, los consumidores, las organizaciones, tenemos un gran contrapoder, y se trata solo de activarlo…”

“Para que sepan, aquí estamos también las mujeres, enojadísimas contra ese órgano y su ideología cavernaria”, levanta la mano Sophie. “Hemos decretado una gran manifestación el 21 de enero en Washington, el día siguiente de su entrada como presidente. Una buena demonstración de fuerzas si logramos llegar a un millón de participantes. ¿Una locura, ah? Pero apuesto otra pizza que vamos a lograr si no un millón, una multitud. Y ahorraré todos mis céntimos para viajar allá ese día”. Afirma Sophie.

“¡Qué fuerte!”, admite Brent. “Salud hermanas, amantes, amigas, compañeras de inventos, etcétera etcetera. ¡Estamos con vosotras! ¿Cómo sería del mundo sin ustedes??”

“Aburridísimo”. Risas y brindisis. Un momento de silencio, y Brent se dirige a Jeff.

“Y tu Jeff , ¿has visto lo que han hecho tus colegas con los Sioux?”

Ah, los veteranos. ¡Claro! Recuerda haber seguido con interés las imágenes de ese pueblo valiente acampado en el frío, desafiando el Estado para bloquear el paso del oleoducto Dakota Access Pipeline en la reserva de Standing Rock. Y haberse conmovido, a escondidas, cuando 2000 veteranos de guerra, que se unieron a su lucha, tomaron parte a la ceremonia del perdón, pidiéndolo a los Sioux por todos los robos, abusos, genocidios practicados por los estadounidenses contra los pueblos nativos. Pero lo más sorprendente fue que también a ellos el jefe de los Sioux pidió simbólicamente perdón por la batalla del 1876, en que sus antepasados hicieron muchas víctimas de “soldados blu”.

“Ha sido un momento grandioso, épico”, sigue Brent. “Y los veteranos, han descubierto que pueden dar su apoyo a otras luchas ambientales a lo largo y ancho del país. ¡Hay muchísimo que hacer!”.

“He oído que Bernie Sanders hará unas giras por varios estados, para animar la gente a oponerse a los cortes previstos por la administración Trump a la sanidad y la educación pública…” comenta Jeff.

“Entonces, si pasa por Boston, tú puedes ayudarlo haciendo carteles. Sí, estos carteles originales, que sabes inventar. Estoy segura que te apreciarán”.

“¿Quién, a mi?” Jeff no se lo puede creer. Cuando se ha sentido por tanto tiempo solo un inútil trapo sucio.

“Sí, a tí. Tenemos que ser muchos, contra la avalancha de idiotez que se viene. ¿Estás de acuerdo? Y todos servimos.

“Y ahora vamoooos, que se cierra el metro”.

Saludos y abrazos. Rudos los de los chicos, dos besos en las mejillas desde las chicas.  El viento sigue con sus ráfagas heladas, en Harvard Square. Pero para Jeff la noche ahora es menos fría.

Anuncios
  1. Deja un comentario

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: