Alan García: Disparo en un cuarto oscuro

GisellaPor Gisella Evangelisti*. La Otra Opinión, Florencia (Italia) 20.04.2019. El 18 de abril del 2019 los periódicos difunden la noticia que Alan García, ex presidente del Perú en dos mandatos, (’85-’90, 2006-2011) se ha suicidado disparándose en la sien. En la red circulan fotos horribles de su cara destrozada. “Ha sido un héroe, que ha preferido la muerte al terminar en un hediondo calabozo”, escriben algunos. “No, más bien ha sido un cobarde”, escriben otros. “Pues no ha querido enfrentar un juicio por corrupción, después de haber huido (una vez literalmente en los techos, otras en exilios dorados en París, Bogotá o Madrid) a todos los intentos de quitarle su controvertido poder”. “Es arrogante, desconfiado, con un ego colosal. Probablemente bipolar, o maníaco depresivo. Con un gran sentido teatral”, lo definieron en WikiLeaks los diplomáticos estadounidenses de la época.

Lo que puedo trasmitir yo desde mi experiencia de cooperante italiana en Perú son recuerdos muy vivos de un periodo dramático para el país, cuando la pobreza alcanzaba más del 40% de la población, cada día llegaban emigrantes andinos a levantar esteras en los cerros arenosos de Lima, y en la sierra los grupos guerrilleros de MRTA y Sendero Luminoso degollaban autoridades corruptas y atacaban torres eléctricas dejando las ciudades a oscuras. En este turbulento contexto, apareció elegido presidente un joven abogado escogido a dedo por Víctor Haya de la Torre, fundador del APRA, (Alianza Popular Revolucionaria Americana), un partido de inspiración antimperialista. Alan García provenía de una familia de comprobada fe política, que había sufrido la cárcel por sus ideas, era culto y carismático.  La gente lloraba de emoción frente a sus “balconazos” donde prometía nuevos tiempos para los pobres. “¡Basta con el chantaje del Fondo Monetario Internacional y las condiciones durísimas que impone, que van a afectar a poblaciones que nunca han disfrutado de servicios decentes!”, gritaba. Como no, ¡verdad! Murmuraba la multitud. Había entonces que pagar solo una mínima parte de la deuda externa y con los recursos ahorrados realizar programas sociales. Había que luchar también contra la guerrilla, pero respetando los derechos humanos de la población campesina, y ganar el narcotráfico. Además, los esforzados trabajadores limeños, que perdían horas en un tráfico caótico basado en vehículos informales, necesitaban un medio de transporte moderno y eficiente: un tren eléctrico que él había encargado a un consorcio italiano. Aplausos. Todo esto sonaba más que bien. Paciencia si uno del programa de trabajos temporales para las mujeres (supuestamente de utilidad social), consistía solo en escribir con piedritas blancas una palabra enorme (ALAN) en unos áridos jardines públicos mientras, inesperadamente, sus niños descuidados resultaban más desnutridos. El presidente Iba también por las comunidades indígenas de la selva distribuyendo a cada un 10.000 inti, que podían gastar a su antojo. Llamaban a estos eventos “Rimanaqui”, “dialogo” en quechua. Las comunidades casi siempre escogían comprar un bote que al poco tiempo se arenaba por falta de gasolina o de repuestos.

El Muchachón, así lo apodaba con cariño la gente por su alta estatura (1,93) parecía incansable en alimentar esperanzas. Pero el encanto duró poco. El FMI declaró el Perú inelegible por nuevos préstamos, si no renunciaba a su política, y Alan García tomó la decisión de nacionalizar los bancos, provocando una ola de protestas hasta en su partido, y una inflación galopante, que llegó a 7500%.

Mientras la capital sufría los apagones provocados por los atentados senderistas, en la sierra se sucedían las masacres perpetradas por el ejército en contra de los campesinos sospechosos de favorecer a los guerrilleros, simplemente porque tal vez habían tenido que alimentarlos. Casas quemadas, mujeres violadas, hombres y niños matados, todos a la fosa común, ¡hala!

Comarca, Pomatambo, Cayara, Santa Rosa, fueron unos de los lugares de las tragedias. Los periódicos se abrían la mañana con fotos horrorosas de masacres en la primera página. “Basta ya de barbarie!” Decían los títulos. Pero estaba claro que el gobierno se estaba aliando a los militares, sin condiciones, rompiendo la promesa de apostar a la defensa de la vida de todos los ciudadanos y ciudadanas con una nueva estrategia antisubversiva.

Todavía recuerdo como si fuera ayer la atmósfera plomiza y pesada que reinaba desde el cielo blanquiñoso de Lima (donde raramente aparecía el sol) hacia el océano, aquel 18 de junio del ’86. Los estados socialdemócratas europeos que seguían con interés el experimento del gobierno del joven presidente peruano se habían congregado en la conferencia de la Internacional Socialista en la capital del país. Un centenar de dirigentes políticos, 22 presidentes, los representantes de 70 partidos políticos, y 500 periodistas extranjeros estaban animando un debate sobre la complejidad de la situación cuando llegó la noticia que se habían desatado unos motines senderistas en dos cárceles de Lima (San Juan de Lurigancho y Santa Barbara, prisión femenina) y uno en la isla del Frontón, (sede del centro de reclusión de los criminales y terroristas más peligrosos), tomando algunos rehenes y presentando un pliego de 26 pedidos. El trabajo de los periodistas se volvió frenético, recogiendo y analizando la llegada de fragmentarias noticias. Afuera, el silencio opresivo del cielo era interrumpido por el ruido lejano de un bombardeo. ¿Qué estaba pasando?

Supimos que, mientras los motines de la cárcel femenina fueron reducidos por la Guardia Republicana con el saldo de dos reclusas muertas, en San Juan de Lurigancho ejército y Guardia mataron a 124 reclusos ya rendidos.  El Frontón a su vez fue bombardeado por la Marina todo el día con bazuca y morteros y entre los 200 rebeldes, (que tenían 3 armas automáticas y otras artesanales), solo unos 30 sobrevivieron. Fue un escándalo internacional, Willy Brandt dio por terminado el congreso de la Internacional Socialista y todos se fueron apresuradamente, con una sensación de pesadumbre. Unos años después, la Justicia Militar declaró su institución no culpable por los hechos, mientras la Corte Interamericana de Derechos humanos (CIDH) responsabilizó el estado por esas muertes, que incluían inocentes, y todavía hay un juicio abierto por la Fiscalía especial en Derechos Humanos contra un reducido grupo de marinos. En cuanto al vicealmirante Luis Giampietri Rojas, autor del bombardeo en el Frontón, Alan García lo nombró vicepresidente en su segundo mandato, entre el 2006 y el 2011.

¿Y el fantástico tren eléctrico, que tenía que traer la modernidad a los esforzados trabajadores de Lima? Curiosamente, a pesar de que habían comenzado los trabajos en el octubre del ’86, en dos años se realizaron solo menos de tres kilómetros, prácticamente inutilizados, (por no coincidir con las rutas frecuentadas por los trabajadores), y se tuvo que esperar más de 20 años, hasta el 2011 para ser inaugurado, después de turbias vicisitudes judiciales. Pues en el ’90 Alan García fue acusado de haber recibido un millón de dólares en un banco de Gran Caymán por el consorcio italiano Tralima, que había obtenido sin licitación el encargo de los trabajos. En el marco del proceso “Mani Pulite” (Manos Limpias), que destapó en ’92-’93 el fenómeno de la corrupción en Italia, el representante del consorcio, Sergio Siragusa, declaró que Alan García había pretendido “par condicio” con su colega italiano, el premier socialista Bettino Craxi, o sea la misma cantidad de coima. Bettino Craxi para huir los procesos, se autoexilió en Tunicia, donde terminó sus días, mientras Alan García alegó que las cuentas cuestionadas no eran suyas, sino de Alfredo Zanatti, el financista de su campaña electoral, pero él no tenía nada que ver con el tema. En 2001 le llegó la prescripción, que según el procurador anticorrupción José Ugaz fue negociada con Montesinos.

En su segundo mandato del 2006, Alan García retomó el proyecto del tren, entregándolo a la poderosa empresa brasileña Odebrecht, y agregándole sobrecostes. Esta vez fue su exsecretario Luis Nava a recibir un premio de 4 millones de dólares desde la generosa empresa. Que pasó como una aplanadora sobre los gobiernos latinoamericanos, financiando campañas a los posibles candidatos presidenciales, y provocando con su lluvia de dinero la caída de políticos de toda pinta y color, demostrando otra vez que, si la ideología divide, la codicia puede unir.  En Perú han terminado en la cárcel Ollanta Humala, su esposa Nadine, y Keiko Fujimori, Pedro Pablo Kuchinsky ha tenido que dimitir, mientras el expresidente Alejandro Toledo tiene mandato de extradición desde Estados Unidos. Faltaba apresar solo Alan García, hábil hombre de ley, que siempre había logrado escabullirse en los peores momentos, como en el ’90, cuando fue perseguido por Fujimori, y logró refugiarse en Colombia y después en un lujoso apartamento de París.

En el tiempo del segundo mandato de García, (elegido probablemente por muchos electores como mal menor frente al “peligro Humala”), el mundo había cambiado. Caído el muro de Berlín, el capitalismo triunfante no quería más reglas ni limitaciones. Alan García se apresuró a firmar un Tratado de Libre Comercio (TLC) con Estados Unidos, que permitía el uso y abuso de la Amazonía por las transnacionales mineras, y dio indulto a 5500 narcotraficantes. Conociendo los daños que el TLC iba a acarrear, unos 5000 indígenas awajún y huampis del norte del Perú entraron en lucha, bloqueando por 55 días la carretera “Fernando Belaunde” en Bagua, departamento de Amazonas. Esta vez nada del “Rimanaqui”, el dialogo superficial y populista que Alan García había realizado en los años Ochenta: ahora los indígenas eran definidos por el presidente unos “perros del hortelano, que ni trabajaban ni dejaban trabajar. O sea, un obstáculo al progreso, con su animismo arcaico. Ciudadanos de segunda clase”. Fueron enviados a Bagua, en la Curva del Diablo, 200 policías, y el 5 de junio del 2009 hubo un enfrentamiento en que murieron 23 policías y 10 indígenas, y 200 personas fueron heridas. En 2016 el juicio contra los nativos que habían protestado contra las inversiones extranjeras en su territorio, sin haberlos consultado y sin prever reglas ambientales, terminó con una absolución, pero los problemas siguen.

El Perú ha cambiado, todos hemos cambiado desde aquel lejano 1985 cuando un joven presidente hablaba de un balcón encendiendo la esperanza de una prosperidad con justicia.   Ahora, gracias a la subida de precio de materias primas favorecida por la entrada de China en el mercado mundial, la economía peruana ha tenido unos años de fuerte crecimiento. Se han multiplicado los centros comerciales, se ha difundido, entre enormes atascos, el uso del auto privada. El famoso tren eléctrico llamado ahora el Metropolitano, terminado finalmente por Odebrecht, es un modelo de limpieza y eficiencia en medio de un tráfico desbordante que nadie ha tratado de racionalizar con un nuevo modelo de transporte. Pero el mundo es más inestable, y el cambio climático afecta con aluviones o sequías todos los países. En Perú la disminución de los glaciares es dramática. La Amazonía, que tiene una gran importancia para el equilibrio hidrológico del planeta sigue siendo deforestada, y sus defensores indígenas son atacados, desde Colombia a Brasil. Papa Francisco en enero del 2018 ha visitado la región de Madre de Dios para llamar la atención del mundo sobre el problema de la minería, legal e ilegal, que destroza el medio ambiente. Es necesario un cambio de paradigma, no se puede seguir sacando preciosos recursos naturales para fomentar un consumismo excesivo concentrado en unas áreas o grupos humanos, derivando los demás de lo necesario, como agua, alimentos y aire limpios. El planeta está al borde del colapso. La corrupción es lo que facilita y permite este desarrollo enfermizo. Por esto han salido a la calle en Perú millares de personas contra la corrupción, y millones de jóvenes está uniéndose en todo el mundo para salvar la Tierra. Se necesita una producción más sostenible, y una economía circular, que disminuya el despilfarro de recursos.

“La plata viene sola”, (para los políticos) solía decir Alan García admitiendo la facilidad con que se les presentan oportunidades para enriquecerse abruptamente. Pero cuando le dieron la última llamada y llegó el momento de presentar cuentas a los jueces, desde una triste prisión preventiva, probablemente no pudo soportarlo y se disparó. Sí, la plata puede venir sola, pero si es sucia no puede dar que una felicidad precaria y sucia, porque basada sobre el robo de los derechos de otros, y la destrucción de los bienes comunes como son selvas, y ríos.

El respiro de la tierra. Quizás fue esto el mensaje no dicho, salido desde el disparo que remeció por un instante un cuarto oscuro.

*Gisella Evangelisti. Antropóloga. Autora del libro Mariposas Rojas. Trabajo en Unicef durante 20 años en Lima (Perú)

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